Reflexiones sobre la Vocación Misionera en el Evangelio

July 6, 2025

Isaίas 66, 10-14 Salmo 65, 1-3a. 4-5. 6-7a, 16 y 20 Gálatas 6, 14-18 Lucas 10, 1-12. 17-20

XIV Domingo Ordinario

Las obras del Señor son admirables

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El pasaje de Lucas 10, 1-12, 17-20 nos presenta el envío de los setenta y dos discípulos por parte de Jesús, una misión que resuena con la llamada universal a la evangelización, y su retorno jubiloso tras experimentar el poder de Dios obrando a través de ellos. Este texto nos invita a profundizar en la vocación misionera, la dependencia de la gracia divina y la alegría espiritual que brota de participar en el plan salvífico de Dios.

El envío de los setenta y dos (Lc 10, 1-12)

Jesús envía a los discípulos de dos en dos, un detalle que, según santo Tomás de Aquino, refleja la caridad fraterna y el testimonio mutuo que fortalece la misión (cf. Comentario al Evangelio de San Lucas). La unión de los enviados no solo es práctica, sino que simboliza la comunión eclesial, pues, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 849), la misión evangelizadora nace del mandato de Cristo y se sostiene en la unidad de la Iglesia. Tomás subraya que el número setenta y dos, según la tradición, alude a la universalidad de la misión, pues evoca las naciones del mundo descritas en Génesis 10. Esto nos recuerda que el Evangelio está destinado a todos los pueblos, sin distinción.

El mandato de Jesús de ir “como corderos en medio de lobos” (Lc 10, 3) resalta la vulnerabilidad del discípulo, que debe confiar plenamente en la providencia divina. Santo Tomás, en su Suma Teológica (II-II, q. 188, a. 6), explica que la pobreza voluntaria y la simplicidad de los enviados –sin llevar bolsa, alforja ni sandalias– reflejan la renuncia a las seguridades mundanas para abrazar la dependencia de Dios. Esta actitud es un eco de la virtud de la esperanza teologal, que nos lleva a poner nuestra confianza no en los bienes materiales, sino en la promesa divina.

Jesús instruye a los discípulos a anunciar la paz y el Reino de Dios, pero también a aceptar el rechazo con humildad, sacudiendo el polvo de sus pies como testimonio (Lc 10, 11). Aquí, santo Tomás destaca la libertad del discípulo frente al éxito o el fracaso aparente de su misión (Comentario al Evangelio de San Lucas). El evangelizador no busca su propia gloria, sino la de Dios, y su tarea es sembrar la semilla del Evangelio, dejando el fruto en manos de la gracia. Esta enseñanza resuena con la doctrina católica sobre la libertad de conciencia: Dios propone su Reino, pero respeta la libertad humana para aceptarlo o rechazarlo (cf. Dignitatis Humanae, n. 2).

El retorno de los discípulos (Lc 10, 17-20)

El regreso de los setenta y dos, llenos de alegría porque “hasta los demonios se nos someten en tu nombre” (Lc 10, 17), revela el poder de Cristo actuando a través de los suyos. Santo Tomás, en su reflexión sobre este pasaje, subraya que el dominio sobre los demonios no proviene de los discípulos, sino del nombre de Jesús, fuente de toda autoridad espiritual (Suma Teológica, III, q. 44, a. 1). Este poder, conferido por la gracia, es un don para la edificación del Reino, no para la vanagloria.

Jesús, sin embargo, reorienta la alegría de los discípulos: “No os alegréis porque se os someten los espíritus, sino alegraos porque vuestros nombres están inscritos en el cielo” (Lc 10, 20). Aquí, santo Tomás ve una lección sobre la jerarquía de los bienes: la verdadera alegría no radica en los dones extraordinarios o los éxitos visibles, sino en la unión con Dios, que asegura la vida eterna (Suma Teológica, I-II, q. 2, a. 8). La inscripción de los nombres en el cielo evoca la predestinación divina, no en un sentido determinista, sino como la llamada amorosa de Dios a participar de su gloria, siempre respetando la libertad humana para responder.

Desde la doctrina católica, este pasaje nos enseña que la misión evangelizadora no es un fin en sí misma, sino un medio para crecer en la caridad y conducir a otros a la salvación. El Catecismo (n. 1821) nos recuerda que la esperanza de la vida eterna debe animar toda nuestra acción apostólica, orientándola hacia el encuentro definitivo con Cristo.

Reflexión final

El envío y retorno de los setenta y dos nos interpela hoy como cristianos. Como los discípulos, estamos llamados a salir al mundo, con humildad y confianza en la gracia, para anunciar el Reino de Dios. Santo Tomás de Aquino nos invita a vivir esta misión con desprendimiento, caridad y una alegría sobrenatural, anclada en la certeza de que nuestro verdadero gozo está en la comunión con Dios. Que, siguiendo el ejemplo de los discípulos, podamos responder generosamente al mandato de Cristo, sabiendo que, más allá de los frutos visibles, nuestra recompensa está en el cielo, donde nuestros nombres ya están escritos por la misericordia divina.

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