Agosto 13, 2025
Deuteronomio 34, 1-12 Salmo 65, 1-3a. 5 y 16-17 Mateo 18, 15-20
Miércoles de la XIX semana del Tiempo ordinario
Bendito sea el Señor
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El pasaje de Mateo 18, 15-20 nos sitúa en el corazón de la vida comunitaria cristiana. Jesús nos enseña cómo actuar cuando uno de nuestros hermanos en la fe ha pecado, especialmente si ese pecado nos ha herido o afectado directamente. Lejos de fomentar la crítica, la venganza o la indiferencia, el Señor propone un camino de misericordia, caridad y restauración fraterna.
El primer paso que propone es ir a hablar a solas con quien ha cometido la falta. Esta discreción inicial es profundamente evangélica: no busca la humillación pública del otro, sino su conversión desde el respeto a su dignidad. Según la doctrina católica, este acto se llama corrección fraterna, y es considerado una verdadera obra de misericordia espiritual. No se trata de un juicio condenatorio, sino de un acto de amor que desea recuperar al hermano caído. Santo Tomás de Aquino insiste en que esta corrección es un deber de caridad, especialmente cuando el pecado del otro es grave y su alma corre peligro. Para él, la corrección debe nacer del amor verdadero y no de la impaciencia o el deseo de tener razón. Además, quien corrige debe hacerlo con humildad, sabiendo que también es pecador y que podría caer en la misma falta.
Si el hermano no escucha, Jesús propone buscar uno o dos testigos. Esta medida, que proviene de la sabiduría del Antiguo Testamento, tiene como fin reforzar la verdad de lo dicho y ayudar al pecador a ver su falta con mayor claridad. No es un acto de presión, sino de caridad reforzada: cuando alguien se cierra al consejo de uno, puede abrirse al testimonio de varios. Pero si ni aun así hay respuesta, el Señor manda acudir a la Iglesia. Con esto no se refiere simplemente a una institución, sino a la comunidad creyente reunida en su nombre, donde se manifiesta su presencia y su autoridad. El pecador que rechaza también a la Iglesia se excluye a sí mismo de la comunión, como un gentil o un publicano, es decir, como alguien ajeno a la alianza. No se le desprecia, pero se reconoce que ha roto el vínculo de la unidad, y su conversión ya no puede ser forzada, solo esperada con paciencia y oración.
En este contexto, Jesús reafirma la autoridad que ha dado a sus apóstoles y a la Iglesia: lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Santo Tomás ve aquí una expresión del poder de las llaves, conferido por Cristo a su Iglesia. Este poder se manifiesta especialmente en el sacramento de la reconciliación, donde los ministros de Cristo perdonan los pecados en su nombre. Pero también se aplica a las decisiones que la Iglesia toma para el bien de sus fieles, incluso cuando debe apartar a alguien de la comunidad por el bien de su alma o para evitar el escándalo.
Jesús concluye con una promesa que llena de consuelo: donde dos o tres se reúnen en su nombre, Él está presente. La vida cristiana no se vive en soledad, sino en comunión. Cuando oramos unidos, cuando buscamos juntos la voluntad de Dios, Él mismo está en medio de nosotros. Santo Tomás explica que esta presencia no es solo simbólica, sino real y espiritual. Cristo actúa en la unidad, y su gracia fluye especialmente cuando los creyentes oran con fe, concordia y perseverancia.
Este pasaje, por tanto, no solo nos habla del deber de corregir al hermano, sino también de la belleza de la comunidad cristiana vivida en la verdad, la caridad y la presencia viva del Señor. Nos recuerda que cada relación rota puede ser restaurada si se recorre el camino del perdón, y que la Iglesia, cuando actúa con fidelidad al Evangelio, participa de la misma autoridad de Cristo para sanar, enseñar y reconciliar.
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