August 14, 2025
Josué 3, 7-10. 11. 13-17 Salmo 113A, 1-2. 3-4. 5-6 Mateo 18, 21–19, 1
Memoria de San Maximiliano María Kolbe, presbítero y mártir
Bendigamos al Señor
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El Evangelio según san Mateo, desde el capítulo 18, versículo 21, hasta el inicio del capítulo 19, nos introduce en uno de los aspectos más profundos de la vida cristiana: el perdón como reflejo del corazón de Dios. La escena se abre con una pregunta de Pedro, generosa a los ojos humanos pero aún limitada en su comprensión divina: “Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano que peca contra mí? ¿Hasta siete veces?” Jesús responde con una propuesta desconcertante: “No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”. Es decir, sin medida.
En esta respuesta se revela el corazón del Evangelio. Cristo no está estableciendo un límite mayor al perdón, sino quitándole todo límite. Perdonar sin contar, sin calcular, sin registrar las ofensas. Santo Tomás de Aquino interpreta este pasaje a la luz del amor de Dios, que no se agota ni se cansa en su misericordia. Perdonar sin medida es imitar a Dios mismo, quien nos ha perdonado mucho más de lo que nosotros jamás podríamos exigir de los demás. Para Tomás, perdonar es un acto que manifiesta la semejanza con Dios y, por tanto, tiene carácter sobrenatural.
La parábola del siervo despiadado que sigue inmediatamente a esta enseñanza pone en imágenes esta lógica divina. Un siervo que debía una suma impagable recibe el perdón total de su señor. Sin embargo, este mismo siervo no es capaz de perdonar una deuda mínima a un compañero. La desproporción es brutal y deliberada. Jesús quiere que comprendamos cuán infinitamente mayor es la deuda que Dios nos ha perdonado, y cuán injusto es negarse a perdonar las ofensas pequeñas que los demás cometen contra nosotros.
Santo Tomás observa que el perdón recibido obliga a la misericordia activa. No es suficiente con ser objeto de la misericordia divina; es necesario ser instrumento de ella. El que no perdona revela que no ha comprendido ni acogido verdaderamente el perdón de Dios. De hecho, según la enseñanza del Señor, aquel que se niega a perdonar se expone a perder la gracia recibida. El siervo despiadado es entregado a los verdugos no por la deuda que antes tenía, sino por su falta de misericordia después de haber sido perdonado.
Jesús concluye la enseñanza con palabras muy serias: “Así también hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonáis de corazón cada uno a su hermano”. Esta frase subraya que el perdón debe ser sincero, interior, total. No basta con pronunciar palabras de reconciliación; se requiere un movimiento del alma que renuncie al resentimiento y abrace la caridad. El perdón auténtico nace del corazón transformado por la gracia.
Para Santo Tomás, el perdón cristiano no es una simple virtud social, sino una exigencia teologal. Es un acto que brota de la caridad, la virtud que nos une directamente con Dios. Quien ama verdaderamente no guarda rencor. Por eso, perdonar es también un camino de libertad: libera al otro, pero sobre todo libera a quien perdona.
El pasaje concluye con una nota de transición: “Cuando Jesús terminó estos discursos, partió de Galilea y fue al territorio de Judea, al otro lado del Jordán”. Este movimiento geográfico tiene también un sentido espiritual. Jesús deja atrás el discurso sobre la comunidad y el perdón, y comienza su camino hacia Jerusalén, hacia la cruz. Es el camino del amor llevado hasta el extremo, del perdón hecho carne y sangre. Así como enseñó a perdonar, así lo vivirá, perdonando desde la cruz a quienes lo crucifican.
En este itinerario del Señor se nos muestra el corazón de la vida cristiana. No somos discípulos simplemente por conocer su doctrina, sino por encarnar su modo de vivir. Y el perdón, inseparable del amor, es el signo por excelencia de quienes caminan con Cristo. No se trata de una actitud pasiva o ingenua. Es un acto profundamente libre, que se apoya en la verdad del amor y en la confianza en la justicia de Dios. Perdona quien se sabe perdonado. Ama quien ha sido amado primero. Por eso, en el corazón del cristianismo late esta certeza: la misericordia no es debilidad, sino poder de Dios en nosotros
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