Septiembre 1, 2025
1 Tesalonicenses 4, 13-18 Salmo 95, 1 y 3. 4-5. 11-12.1 3 Lucas 4, 16-30
Lunes de la XXII semana del Tiempo ordinario
Cantemos al Señor con alegría
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En el pasaje de Lucas 4, 16-30, vemos a Jesús regresar a Nazaret, el lugar donde había crecido. Entra en la sinagoga un sábado, y conforme a la costumbre, se levanta para leer. Le entregan el libro del profeta Isaías, y Él escoge un texto mesiánico: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la Buena Nueva a los pobres, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos, la vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor». Después, declara que esa Escritura se ha cumplido ese mismo día en su presencia.
Este momento es profundamente revelador: Jesús se presenta como el Mesías anunciado, no solo como un maestro sabio o profeta, sino como el Ungido del Espíritu que viene a traer la salvación integral: espiritual, moral y, en cierto sentido, incluso social. La misión que Él describe es una obra de misericordia en acción: sanar, liberar, iluminar y reconciliar. El “año de gracia” alude al Jubileo bíblico, figura de la plenitud de la redención que Cristo inaugura. Sin embargo, la reacción del pueblo de Nazaret muestra la tensión entre la fe y la dureza de corazón: al principio lo escuchan con admiración, pero pronto, al no encajar Él con sus expectativas humanas, pasan de la admiración al rechazo.
Santo Tomás de Aquino, al reflexionar sobre este tipo de pasajes, subraya que Dios dispone que la verdad se revele progresivamente, pero el hombre, cegado por prejuicios o familiaridad excesiva, puede cerrarse a ella. En la Catena Aurea, al comentar esta escena, recoge la idea de que la gracia de Dios no se limita a los que “creemos conocer” o a los cercanos según la carne, sino que se derrama donde encuentra corazones abiertos, aunque sean extranjeros o extraños a nuestra comunidad. Por eso Jesús recuerda a Elías y Eliseo, que realizaron milagros entre gentiles, como prueba de que la salvación no está encerrada en un grupo privilegiado, sino que se ofrece a todo aquel que la reciba con fe.
Aquí se revela un principio que Santo Tomás aprecia: el escándalo del particularismo humano frente a la universalidad del plan divino. El Doctor Angélico señala que la fe requiere humildad para aceptar que Dios obra como quiere y donde quiere, y que muchas veces el mensajero divino es despreciado precisamente por su cercanía aparente —“nadie es profeta en su tierra”—, lo que es un recordatorio de que la familiaridad sin fe degenera en incredulidad.
El episodio culmina con un intento violento de expulsar y matar a Jesús, signo anticipado de la cruz. Así, la liturgia y la tradición ven en este momento un preludio del rechazo final que el Mesías sufrirá, y una advertencia para cada creyente: la Palabra de Dios no siempre conforta; a menudo confronta y nos pide conversión. Quien recibe a Cristo con fe entra en la libertad de los hijos de Dios; quien lo rechaza, cierra la puerta a su propia salvación.
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