Septiembre 11, 2025
Colosenses 3, 12-17 Salmo 150, 1-2. 3-4. 5-6 Lucas 6, 27-38
Jueves de la XXIII semana del Tiempo ordinario
Alabemos al Señor con alegría
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El pasaje de Lucas 6, 27-38 se sitúa en el corazón del Evangelio como un llamado al amor perfecto. Cristo dirige estas palabras no sólo a quienes le escuchaban entonces, sino a todos los que desean configurarse con Él: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian”. Esta enseñanza no es mera recomendación moral, sino revelación del ser mismo de Dios, que “hace salir su sol sobre malos y buenos” (cf. Mt 5,45).
La doctrina católica entiende este precepto como expresión suprema de la caridad. El amor cristiano no se limita a quienes nos son cercanos o afines; alcanza incluso a los que nos persiguen. Amar de este modo es participar de la perfección divina, pues la misericordia de Dios se derrama sin medida. Por eso, el texto concluye con la invitación: “Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso”.
Santo Tomás de Aquino, en la Suma Teológica (II-II, q.23 y ss.), enseña que la caridad es la forma de todas las virtudes. Ella ordena los actos humanos a Dios como fin último, y en consecuencia al prójimo, incluso al enemigo, en cuanto creado a imagen divina. Amar al enemigo no significa aprobar el mal que hace, sino desearle el bien verdadero: la conversión, la vida de gracia y la salvación. Según Tomás, este amor al enemigo es posible porque la caridad nos eleva por encima del afecto meramente natural; es don infundido por el Espíritu Santo que transforma el corazón.
El Señor no sólo manda “no devolver mal por mal”, sino “hacer el bien”. Aquí se revela la lógica sobrenatural de la gracia: el cristiano no responde desde la justicia humana limitada, sino desde la sobreabundancia del amor divino. Así, la enseñanza de Jesús supera la regla de oro en su dimensión más exigente: “Tratad a los demás como queréis que ellos os traten”. No se trata ya de una medida de reciprocidad, sino de un dinamismo de gratuidad.
En los versículos 37-38, la enseñanza culmina en la práctica del juicio y la misericordia: “No juzguéis, y no seréis juzgados… dad, y se os dará”. Santo Tomás observa que el juicio temerario es un vicio contra la justicia y la caridad, pues pretende penetrar lo que sólo Dios conoce: las intenciones del corazón. La misericordia, en cambio, es la virtud que nos asemeja más a Dios, porque se inclina con amor al que sufre, al que cae, al que aún está lejos. En palabras del Aquinate (Suma Teológica, II-II, q.30, a.4), “en las obras de Dios, la misericordia es mayor que la justicia”, pues Dios no abandona a la criatura en su miseria, sino que la levanta y la perfecciona.
En definitiva, Lucas 6, 27-38 nos invita a entrar en la dinámica del amor divino, que no conoce fronteras ni exclusiones. Amar al enemigo, perdonar sin medida, dar sin esperar recompensa, juzgar con benevolencia: todo esto no es posible por nuestras solas fuerzas, sino por la gracia que Cristo comunica a quienes creen en Él. El cristiano, configurado con el Hijo, aprende a amar como ama el Padre, y así se convierte en testigo de la misericordia en medio del mundo.
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