Septiembre 14, 2025
Números 21, 4-9 Salmo 77, 1-2. 34-35. 36-37. 38 Filipenses 2, 6-11 Juan 3, 13-17
Fiesta de la Exaltación de la santa Cruz
No olvidemos las hazañas del Señor.
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El pasaje de Juan 3, 13-17 nos coloca en el corazón mismo del Evangelio: la revelación del amor del Padre que entrega a su Hijo para la salvación del mundo. “Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre”. Con estas palabras, Cristo muestra su origen divino y su misión redentora: Él no es un maestro cualquiera, sino el Verbo eterno encarnado, que viene del seno del Padre para conducir a la humanidad hacia la vida eterna. La doctrina católica afirma que en Cristo se unen la plenitud de la divinidad y la verdadera humanidad; sólo así puede ser mediador perfecto entre Dios y los hombres.
Santo Tomás de Aquino, al comentar la misión del Verbo encarnado, explica que el Hijo de Dios se abajó para elevarnos: lo que es propio de la naturaleza divina –la visión y posesión de Dios– se hace accesible al hombre gracias a la unión hipostática. Cristo desciende del cielo para mostrarnos el camino, no sólo con palabras, sino con su misma cruz. Por eso Juan recuerda la figura de la serpiente elevada por Moisés en el desierto: como aquella serpiente de bronce sanaba al que la miraba con fe, así Cristo, elevado en la cruz, comunica la salvación a quien cree en Él. Para Tomás, esta elevación significa a la vez humillación y victoria: humillación por la pasión y muerte, victoria porque desde la cruz fluye la vida eterna.
El versículo central, “tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”, resuena como el fundamento de la esperanza cristiana. En esta entrega, no se trata de un amor sentimental, sino de un acto de misericordia absoluta: Dios no quiere que el mundo perezca, sino que se salve. Santo Tomás subraya que la caridad divina se manifiesta en dar lo más grande: a su propio Hijo. Si el amor se mide por el bien que se da, aquí encontramos el amor sin medida. Así, el creyente comprende que la salvación no es conquista humana, sino don gratuito, fruto del amor divino. El hombre, al acogerlo con fe, entra en comunión con Dios y participa ya desde ahora de la vida eterna, anticipando la visión plena que se consumará en el cielo.
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