María: Modelo de Fe y Obediencia

Septiembre 23, 2025

Esdras 6, 7-8. 12. 14-20 Salmo 121, 1-2. 3-4a. 4b-5 Lucas 8, 19-21

Memoria de San Pío de Pietrelcina, presbítero

Vayamos con alegría al encuentro del Señor

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El Evangelio narra cómo la Madre y los hermanos de Jesús querían acercarse a Él, pero la multitud les impedía entrar. Ante el aviso, el Señor responde con palabras sorprendentes: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica”. Con esta afirmación, Cristo no niega la grandeza de su Madre, sino que la exalta en lo que constituye su verdadera dignidad: haber escuchado y obedecido perfectamente la Palabra de Dios.

Santo Tomás de Aquino, en la Catena Aurea, comenta que María es bienaventurada no solo por haber llevado en su seno al Verbo hecho carne, sino sobre todo por haber creído y obedecido con plenitud la voluntad divina. La maternidad espiritual, que consiste en dar a luz a Cristo en la propia vida mediante la fe y las obras, supera en dignidad incluso la maternidad corporal. De ahí que la verdadera familia de Jesús se extiende a todos los que, como María, guardan la Palabra en el corazón y la cumplen con fidelidad.

La Iglesia enseña que por el bautismo somos hechos hijos adoptivos del Padre y, en Cristo, hermanos unos de otros. Pero esta filiación no se sostiene en meras palabras, sino en la obediencia filial. Como recuerda Santo Tomás (II-II, q. 2, a. 3), la fe es un acto de la voluntad movida por la gracia: escuchar a Dios es un comienzo, pero cumplir lo que Él manda es lo que realiza nuestra unión con Cristo. De ahí la advertencia de Jesús: no basta con estar cerca de Él por vínculos externos, sino que es necesario unirse a Él en el orden de la gracia y de la obediencia.

Este pasaje nos conduce a tres enseñanzas espirituales:

  1. Primacía de la obediencia a la Palabra: el parentesco verdadero con Cristo se mide por la docilidad del corazón, no por los lazos humanos.
  2. María como modelo: Ella es la primera en cumplir este criterio, pues escuchó, creyó y se entregó totalmente a la voluntad de Dios, convirtiéndose en Madre de Cristo en la carne y en la fe.
  3. Universalidad de la familia de Dios: todo aquel que vive según la Palabra entra en la intimidad de Jesús, participando de su misma vida y herencia eterna.

Así, el Evangelio nos recuerda que ser “parientes” de Cristo no es un privilegio de sangre, sino un don abierto a todos los que escuchan y cumplen la voluntad del Padre. Quien vive de esta manera no solo se convierte en discípulo, sino también en hermano, hermana y madre del Señor.

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