Octubre 8, 2025
Jonás 4, 1-11 Salmo 85, 3-4. 5-6. 9-10 Lucas 11, 1-4
Miércoles de la XXVI semana del Tiempo ordinario
Tú, Señor, eres bueno y clemente
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En el Evangelio según san Lucas (11, 1-4), los discípulos, al ver a Cristo en oración, se sienten movidos a pedirle: “Señor, enséñanos a orar”. No piden técnicas ni fórmulas humanas, sino aprender a entrar en la misma intimidad que Él vive con el Padre. La respuesta de Jesús es el don del Padre Nuestro, una oración breve y sencilla, pero cargada de profundidad teológica y espiritual.
La Iglesia siempre ha visto aquí la escuela de la oración cristiana. El Catecismo (CEC 2765-2776) recuerda que Jesús mismo nos introduce en su propia relación filial con Dios. No es un mero modelo, sino participación en su filiación: al decir “Padre”, invocamos al mismo Dios al que Cristo se dirige con confianza absoluta.
Santo Tomás de Aquino, en la Suma Teológica (II-II, q. 83), medita sobre esta oración y la llama la más perfecta de todas, pues contiene no solo lo que debemos pedir, sino también el orden en que debemos hacerlo. La oración, dice el Doctor Angélico, se ordena a dos fines: alabanza de Dios y petición de lo necesario para nosotros. Por ello, los tres primeros pedidos se refieren a Dios mismo (santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad), y los cuatro restantes a nuestras necesidades (danos el pan, perdona nuestras deudas, no nos dejes caer en tentación, líbranos del mal).
San Lucas transmite la oración en una forma más breve que san Mateo, pero conserva lo esencial. Esta brevedad refleja, según Tomás, la sabiduría de la oración cristiana, que evita la vana palabrería y concentra en lo necesario (cf. Mt 6,7). Así, enseña que la oración verdadera no depende de la multiplicación de palabras, sino de la rectitud del corazón y de la confianza filial.
Cada petición es un camino espiritual:
- “Padre”: nos recuerda la filiación adoptiva en Cristo, fundamento de toda oración cristiana.
- “Santificado sea tu Nombre”: pedimos que Dios sea reconocido y glorificado en nuestras vidas.
- “Venga tu Reino”: rogamos la plena manifestación del señorío de Dios en el mundo y en nuestros corazones.
- “Danos cada día nuestro pan”: alude tanto al sustento material como, en interpretación eucarística, al Pan de Vida.
- “Perdona nuestras ofensas”: nos abre a la misericordia divina en la medida en que perdonamos a los demás.
- “No nos dejes caer en tentación”: imploramos la gracia que sostiene en la lucha espiritual.
Santo Tomás señala que esta oración no solo orienta nuestras súplicas, sino que educa nuestros deseos: aprendemos qué es verdaderamente necesario pedir, y en qué orden. Así, la oración cristiana no busca imponer la propia voluntad, sino conformarla con la de Dios, lo cual es el culmen de la vida espiritual.
En definitiva, Lucas 11, 1-4 nos enseña que la oración es don de Cristo, participación en su relación con el Padre, y escuela de santidad. Al rezar el Padre Nuestro, la Iglesia no solo recita palabras, sino que entra en la misma dinámica de filiación, esperanza y caridad que Cristo vivió en su oración terrena.
- La misericordia que no conoce descanso

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