A veces, en las llanuras de Illinois, el viento no sopla: gime. No hay calendario ni estación que lo anuncie, pero cuando se levanta, los habitantes de Martinsville cierran sus ventanas y apagan las lámparas. Dicen que no es el aire del otoño, sino la respiración de los muertos del ciclón de 1912.
Fue en una noche de noviembre, cuando el reloj marcaba las 9:15, que la tierra entera pareció contener el aliento. Luego vino el rugido. No un simple viento, sino una bestia de aire, girando y gruñendo, arrancando raíces, techos y vidas. En pocos minutos, el pueblo quedó deshecho, y solo los relámpagos alumbraban los escombros de lo que había sido hogar.
En medio del desastre se alzaba, o más bien caía, la casa de John y Betty Smith. Dos ancianos que habían vivido allí más de medio siglo, rodeados de campos, árboles frutales y el silencio del trabajo cumplido. Cuando la tormenta los alcanzó, los muros se deshicieron como papel. Betty fue arrojada lejos, su cuerpo golpeado por maderos y piedra. John, herido y ciego por el polvo, trató de buscar ayuda, pero apenas alcanzó el lindero del campo antes de desplomarse. Lo hallaron al amanecer, con los ojos abiertos y las manos extendidas hacia el norte, como si aún intentara llegar a casa.
El ciclón siguió su curso, dejando atrás una estela de muerte y cosas imposibles: un pozo sin bomba pero con la bomba intacta, tendida frente a él como por manos invisibles; maíz pelado con precisión inhumana; y árboles cortados en línea recta, como si una guillotina de viento hubiera pasado por allí.
Desde entonces, en las noches en que el aire vuelve a rugir sobre los campos, los vecinos aseguran ver luces azules entre los restos del antiguo terreno de los Smith. Algunos han oído, entre los truenos, una voz femenina llamando:
—John… ven a casa, John…
Otros han visto una figura tambaleante, un anciano de abrigo largo, caminando por el campo bajo la lluvia, con el rostro vuelto hacia un punto que ya no existe. Los perros aúllan cuando se aproxima, y el viento se enrosca a su alrededor como si lo escoltara.
Nadie osa entrar en lo que fue la propiedad Smith, pero los niños del pueblo cuentan que si se deja un farol encendido en la verja, a la mañana siguiente se encuentra apagado y lleno de agua, aunque no haya llovido. Y si alguien pronuncia el nombre de Betty en voz alta, una ráfaga repentina barre el lugar, con el aroma dulce y marchito de las manzanas podridas de un huerto viejo.
Los pocos que aún recuerdan aquella noche aseguran que el ciclón no se fue: solo cambió de forma. Que los Smith no murieron, sino que se convirtieron en su guardia. El viento, dicen, no sopla por azar; recorre el mismo camino cada año, como si buscara su casa destruida.
Y cuando en noviembre el aire silba entre las ruinas y las ramas se doblan sin motivo, los habitantes de Martinsville murmuran la misma advertencia que lleva un siglo corriendo de boca en boca:
“Si oyes tu nombre en el viento, no respondas. Es Betty Smith… y el viento quiere compañía.”
- La Puerta Que Late en la Noche

- La Resurrección de Mary

- La Luz Perdida

- Una Noche sin final

- La Senda de los Caminantes Eternos

- 𝘌𝘭 𝘓𝘢𝘵𝘪𝘥𝘰 𝘖𝘤𝘶𝘭𝘵𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘈𝘳𝘳𝘰𝘺𝘰

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