Octubre 14, 2025
Romanos 1, 16-25 Salmo 18, 2-3. 4-5 Lucas 11, 37-41
Martes de la XXVIII semana del Tiempo ordinario
Los cielos proclaman la gloria de Dios
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El pasaje relata cómo Jesús, invitado a comer en casa de un fariseo, no realiza las abluciones rituales antes de sentarse a la mesa. El fariseo se sorprende, y el Señor aprovecha la ocasión para denunciar la hipocresía: los fariseos cuidan minuciosamente la pureza exterior, pero descuidan la limpieza del corazón. Cristo les recuerda que Dios es creador tanto de lo visible como de lo invisible, del cuerpo y del alma, y los exhorta a practicar la caridad, que purifica de verdad el interior del hombre.
Desde la doctrina católica, esta enseñanza señala que la pureza que Dios quiere no es solo ritual o exterior, sino integral y espiritual. El pecado, como enseña la Iglesia, no se lava con gestos vacíos, sino con la conversión del corazón y la apertura al amor de Dios. Las obras externas de piedad, sin la caridad que las anime, quedan estériles. Por eso Jesús concluye con una clave de vida cristiana: “Den limosna de lo de dentro, y todo quedará puro para ustedes”. La limosna, entendida en sentido amplio como ejercicio de la caridad, limpia el corazón porque nos saca del egoísmo y nos abre al prójimo.
Santo Tomás de Aquino, en la Suma Teológica, enseña que las obras exteriores son valiosas en la medida en que proceden de la intención recta y de la caridad. Para él, la pureza del corazón es ante todo la rectitud de la voluntad ordenada a Dios, y no una mera observancia material. El Doctor Angélico subraya que las prácticas religiosas sin caridad pueden convertirse en vana ostentación (superbia), mientras que incluso los actos más sencillos, si brotan del amor de Dios y del servicio al prójimo, tienen un valor infinito.
Doctrinalmente, el pasaje recuerda que la verdadera religión no consiste en cumplir apariencias, sino en amar a Dios con corazón sincero y traducir ese amor en obras de justicia y misericordia. Jesús desvela la raíz de la hipocresía: cuidar el envase y descuidar el interior. La gracia, sin embargo, transforma desde dentro, y la vida de oración, unida a la práctica de la caridad, nos hace realmente puros ante Dios.
La enseñanza espiritual es luminosa: cada cristiano está llamado a examinar si su fe es solo un rito externo o una realidad viva que toca el corazón. La limosna, la misericordia, la entrega concreta al prójimo son la señal de que el alma ha sido purificada. Como recuerda santo Tomás, “la caridad es forma de todas las virtudes”, porque sin ella todo queda vacío, pero con ella incluso lo pequeño se vuelve grande a los ojos de Dios.
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