La maldición del señor Joab en las tierras de “The Diggins”
Cuando el verano cayó sobre Franklin County a mediados del siglo XIX, el sol se volvió un verdugo. La tierra se cuarteaba bajo los pies, los riachuelos eran apenas heridas secas en la piel del campo, y los animales morían con los ojos abiertos al cielo, como esperando una gota que nunca llegaba. Fue entonces cuando los habitantes de Barren Township decidieron buscar ayuda en un water witch, un zahorí de sombrero ancho y mirada extraviada, que decían tenía el don —o la condena— de escuchar el murmullo del agua bajo la tierra.
Durante días, el extraño caminó con su vara de sauce entre las manos, marcando puntos en el suelo, murmurando frases que el viento deshacía antes de llegar a los oídos de los hombres. Pero cada pozo que cavaban era un agujero seco, una burla más del desierto que los devoraba. Hasta que, al fin, el zahorí dejó caer la vara, suspiró con resignación y dijo:
—Pues tendremos que llamar a este lugar The Diggins, porque aquí no hay nada más que tierra que se burla de los hombres.
El nombre quedó. Pero con los años, cuando la sequía se volvió solo un recuerdo en las bocas agrietadas de los viejos, la maldición empezó a hacerse presente.
En la colina del este, donde hoy crecen los robles torcidos por el viento, había una cabaña de troncos conocida como la casa del señor Joab. Era un hombre taciturno, un colono que se decía había llegado a las tierras de The Diggins buscando soledad. Sin esposa ni hijos, trabajaba sus campos en silencio. Pero una noche, durante otra sequía, los vecinos oyeron gritos en la colina. Al amanecer, encontraron la puerta abierta, la mesa volcada y marcas de uñas en el suelo de madera, como si alguien hubiera sido arrastrado hacia el pozo que Joab había cavado detrás de su casa.
Nunca se halló su cuerpo. Solo el eco hueco del pozo, que devolvía un sonido extraño, como un suspiro mezclado con risas ahogadas.
Décadas después, los niños del lugar hablaban del fantasma del señor Joab, que aparecía en las noches más secas, caminando por los campos con una lámpara en la mano, murmurando:
—No hay agua… solo tierra y silencio…
Algunos decían que si uno se acercaba demasiado al pozo, el aire se volvía espeso y el reflejo del agua mostraba un rostro que no era el propio. Otros juraban haber visto al zahorí aquella misma noche, con la vara temblando en sus manos, susurrando que la sequía no había sido culpa del cielo… sino del alma inquieta que aún buscaba descanso bajo The Diggins.
Y así, cuando el viento sopla desde el este y los campos se tornan amarillos, los pobladores más viejos aún bajan la voz y evitan mirar hacia la colina. Porque dicen que el señor Joab sigue allí, cuidando su pozo seco, esperando que algún incauto lo despierte otra vez.
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