Octubre 15, 2025
Romanos 2, 1-11 Salmo 61, 2-3. 6-7. 9 Lucas 11, 42-46
Memoria de Santa Teresa de Jesús, virgen y doctora de la Iglesia
Sólo en Dios he puesto mi confianza
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En este pasaje, Jesús pronuncia una serie de “ayes” contra los fariseos y los escribas. Denuncia que se afanan en pagar el diezmo de lo más mínimo —la menta, la ruda y otras hierbas—, pero descuidan lo esencial: la justicia y el amor de Dios. Los acusa de buscar los primeros puestos en las sinagogas y de ser como sepulcros blanqueados, que aparentan santidad pero esconden corrupción interior. Frente a estas palabras, uno de los doctores de la Ley le recrimina que también a ellos los ofende, y Jesús confirma: “¡Ay también de ustedes, doctores de la Ley!, que imponen a los hombres cargas pesadas y ustedes no tocan esas cargas ni con un dedo”.
Este pasaje ilumina el peligro de la religiosidad deformada, reducida a legalismos y vanidades. La Ley dada por Dios es santa, pero puede ser mal entendida cuando se convierte en un conjunto de preceptos externos que sofocan el espíritu. Cristo revela que el cumplimiento auténtico de la Ley se resume en el doble mandamiento: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Los fariseos se aferran al detalle material de la observancia, pero olvidan la raíz de toda ley, que es la caridad.
Santo Tomás de Aquino explica que la virtud no se mide por el exceso de gestos externos, sino por la rectitud interior que orienta todo acto a Dios. En la Suma Teológica enseña que la justicia y la caridad son superiores a los preceptos ceremoniales, porque aquellas son fines, mientras que estos son medios. De nada sirve multiplicar obras si se pierde el fin último, que es la gloria de Dios y la salvación del alma. Tomás también advierte que quien impone normas o cargas sin ayudar al prójimo a llevarlas incurre en una injusticia contraria a la caridad pastoral.
Doctrinalmente, este pasaje llama a purificar la vivencia religiosa: no es la multiplicación de observancias lo que salva, sino la fe viva que obra por la caridad (cf. Gál 5,6). Los fariseos y doctores de la Ley aparecen como contraejemplo de lo que debe evitarse: la hipocresía, la búsqueda de honores y el legalismo que sofoca la conciencia en lugar de conducirla a Dios. Jesús, en cambio, nos enseña a vivir la fe desde dentro, en la sinceridad del corazón, en la justicia hacia el prójimo y en el amor verdadero a Dios.
La enseñanza espiritual es clara y siempre actual: cada cristiano está llamado a examinar si su religiosidad se convierte en un formalismo vacío o si está animada por la caridad. El fariseo que se enorgullece de su exactitud externa olvida lo esencial; el discípulo, en cambio, aprende que lo pequeño solo tiene sentido si está orientado al amor. Como dice santo Tomás, “sin caridad, las demás virtudes no tienen forma ni vida”; pero con ella, incluso los actos más sencillos brillan ante Dios.
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