Octubre 28, 2025
Efesios 2, 19-22 Salmo 18, 2-3. 4-5 Lucas 6, 12-16
Fiesta de los Santos Simón y Judas, Apóstoles
El mensaje del Señor resuena en toda la tierra
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En este pasaje, el evangelista narra cómo Jesús, antes de elegir a los Doce apóstoles, pasa la noche entera en oración al Padre. Al amanecer, llama a sus discípulos y elige a doce de ellos, a quienes da el nombre de apóstoles: Simón, a quien llamó Pedro, Andrés su hermano, Santiago y Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago de Alfeo, Simón llamado el Zelote, Judas de Santiago y Judas Iscariote, el traidor.
Esta escena revela la naturaleza divina de la vocación cristiana: toda llamada nace en la oración y en el designio amoroso de Dios. Jesús no elige al azar ni por mérito humano, sino conforme a la voluntad del Padre. La noche de oración previa muestra que su elección brota de la comunión trinitaria; los apóstoles son, por tanto, fruto del diálogo eterno entre el Hijo y el Padre. La Iglesia, edificada sobre su testimonio, es ante todo obra de gracia, no de cálculo humano.
Santo Tomás de Aquino contempla en esta elección un signo de la sabiduría divina que ordena todas las cosas con propósito salvífico. En su Catena Aurea, comenta que Cristo oró no por necesidad, sino “para darnos ejemplo de que toda empresa grave debe iniciarse con oración”. La elección de los apóstoles —enseña el Doctor Angélico— manifiesta dos realidades fundamentales: la gratuidad de la vocación y la cooperación de la libertad humana. Dios llama libremente, pero el hombre debe responder con fe y perseverancia.
La oración nocturna de Jesús, según Santo Tomás, es también imagen del misterio oculto de la predestinación. “El Señor ora toda la noche, porque la elección de los santos se decide en la luz inaccesible de Dios” (S. Th., I, q. 23). Así, antes de que los apóstoles sean enviados, ya han sido conocidos, amados y escogidos por el Padre. Su misión no surge del entusiasmo, sino de la elección divina: serán testigos de Cristo, columnas de la Iglesia y portadores de su verdad hasta los confines del mundo.
El contraste entre los nombres de los elegidos también enseña humildad y esperanza. Cristo no escoge a sabios ni a poderosos, sino a pescadores, recaudadores y hombres de condición sencilla. La elección divina transforma la debilidad humana en instrumento de salvación. Como escribe Santo Tomás, “Dios elige a los débiles para confundir a los fuertes, para que nadie se gloríe sino en Él” (Comentario a 1 Corintios, c. 1, lec. 3). Incluso la presencia de Judas Iscariote, el traidor, revela la paciencia divina: Dios ofrece su gracia aun sabiendo que puede ser rechazada.
La oración de Jesús en el monte y su elección al amanecer son símbolos de la vida espiritual. Todo cristiano, antes de actuar, debe subir con Cristo al monte de la oración, buscar en el silencio la voluntad del Padre, y sólo entonces descender para obrar. La Iglesia no nace de la planificación humana, sino del misterio de un Dios que llama a cada uno por su nombre para participar en su misión redentora.
El discípulo de hoy está llamado a reconocer en los apóstoles un espejo de su propia vocación: elegidos no por mérito, sino por amor; enviados no por poder, sino por gracia; llamados a permanecer con Cristo y a dar testimonio de Él en medio del mundo.
Porque antes de toda misión hay una elección; y antes de toda elección, hay una noche de oración en la que Dios piensa amorosamente en cada uno de nosotros.
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