Frankenstein Salva la Navidad

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Frankenstein y la Navidad de Himmelsdorf

#navidad

Era diciembre en el pequeño pueblo de Himmelsdorf, un rincón cubierto de nieve entre los bosques de Alemania. Las luces comenzaban a encenderse en las ventanas, el pan de jengibre perfumaba las calles y las campanas anunciaban la cercanía de la Navidad. Sin embargo, ese año algo había cambiado.

Una noche, un extraño ser fue visto saliendo del bosque. Era grande, de piel verdosa, y caminaba lentamente, envuelto en una vieja capa. Los niños corrieron a esconderse, las madres cerraron las puertas y los hombres del pueblo alzaron sus linternas, temiendo que las antiguas leyendas de monstruos cobraran vida otra vez. Nadie sabía quién era, ni de dónde había venido.

A la vez, un grupo de jóvenes traviesos —los hermanos Krüger y sus amigos— planeaban arruinar la Navidad. Habían tendido una trampa en el bosque para que Santa Claus no pudiera entrar en el pueblo: una red de hierro y ramas, junto a una niebla falsa hecha con humo de carbón. Su intención era “burlarse de los tontos adultos que aún creían en cuentos”.

Pero aquella noche, mientras las estrellas titilaban como si observaran en silencio, el ser verde escuchó un ruido entre los pinos. Se acercó y encontró algo extraordinario: un trineo volcado, los renos inquietos y Santa atrapado entre las ramas heladas.

—¿Quién… eres tú? —preguntó Santa, tosiendo la escarcha.
—No lo sé —respondió el ser con voz grave—. Todos me temen.
Santa sonrió, pese al frío. —Entonces eres justo quien necesito. No eres un monstruo… yo te conozco… eres Frankenstein, el de las viejas historias. Pero ahora, tendrás una nueva historia: la de quien salvó la Navidad.

El gigante se quedó perplejo. Santa, con sus manos temblorosas, le entregó el saco de los regalos y el gorro rojo.
—Esta noche no puedo continuar. Pero tú sí. El amor y la bondad no dependen del aspecto, sino del corazón.

Frankenstein asintió con una emoción que hacía mucho tiempo no sentía. Se puso el gorro, tomó el saco y caminó hacia el pueblo. Las luces se reflejaban en la nieve, y cada paso dejaba una huella profunda, pero luminosa. Una a una, las casas recibieron regalos, y los niños, aún medio dormidos, juraron haber visto una sombra enorme y amable bajo la ventana.

Al amanecer, los aldeanos salieron y descubrieron que los regalos estaban allí, intactos. Nadie sabía cómo. Hasta que, frente a la plaza, Frankenstein apareció, aún con el gorro rojo, sosteniendo una estrella brillante que había caído del cielo.

—Feliz Navidad —dijo, con una sonrisa torpe pero sincera.

Desde entonces, Himmelsdorf celebra cada año una fiesta especial: “La Noche del Amigo Verde”, donde se recuerda al gigante que salvó la Navidad y demostró que hasta el corazón más temido puede ser el más noble.

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