Sábado después de Epifanía

10 de enero de 2026

1 Juan 5, 14-21 Salmo 149, 1-2. 3-4. 5 y 6a y 9b Juan 3, 22-30

Sábado después de Epifanía

El Señor es amigo de su pueblo

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La alegría del amigo del Esposo: la grandeza de hacerse pequeño

Después de haber hablado con Nicodemo sobre el nuevo nacimiento, Jesús permanece con sus discípulos y bautiza. En ese mismo tiempo, Juan el Bautista sigue bautizando también, y algunos se acercan a él confundidos porque muchos comienzan a ir hacia Jesús. Esperan quizá que Juan se sienta desplazado, pero ocurre lo contrario: el último profeta del Antiguo Testamento revela el secreto más profundo de su misión y de todo verdadero servicio a Dios.

Juan responde con una humildad luminosa. Recuerda que nadie puede recibir nada si no le ha sido dado del cielo; reconoce que nunca se proclamó a sí mismo como el Mesías, sino como la voz que prepara su camino. Y pronuncia una frase que resuena como un himno de entrega: “Es preciso que Él crezca y que yo disminuya.” Con estas palabras, Juan revela que la medida del discípulo no es la exaltación propia, sino el gozo de ver triunfar a Cristo.

Santo Tomás de Aquino enseña que la humildad consiste en ordenarse correctamente hacia Dios, reconociendo que el bien en nosotros es don y participación del Bien supremo. Juan vive esta verdad con pureza absoluta. No se apropia de su misión, no convierte su carisma en propiedad privada, no busca retener seguidores. Se sabe servidor, no dueño; heraldo, no protagonista. Por eso su alegría no disminuye ante el éxito de Jesús, sino que se plenifica.

Juan se llama a sí mismo “el amigo del Esposo”, expresión profundamente nupcial. En la tradición bíblica, Dios es el Esposo de su pueblo; ahora Cristo viene a sellar esa alianza definitiva. El amigo del Esposo no compite con Él; su alegría es oír su voz y preparar su llegada. Santo Tomás comenta que la verdadera caridad no busca la propia gloria, sino la gloria del Amado. Quien ama a Cristo desea que todos acudan a Él, aunque eso implique desaparecer a los ojos del mundo.

La doctrina católica ve en Juan el modelo del discípulo maduro. Su grandeza no está en ser el centro, sino en señalar al centro. Su santidad consiste en volverse transparente, para que Cristo pase a través de él. No se aferra a su identidad, porque su identidad está en la voz que proclama a Otro. Y justamente por eso, Jesús lo llamará “el más grande entre los nacidos de mujer”.

Las palabras de Juan revelan también un camino espiritual para cada cristiano. En la medida en que Cristo crece en nosotros, nuestra soberbia disminuye; cuando Él ilumina el corazón, se disipa la sombra del amor propio. El proceso de santificación, diría Santo Tomás, no consiste en anular nuestra persona, sino en purificarla para que refleje cada vez más fielmente la verdad del Hijo. Disminuir no es desaparecer, sino dejar de ocupar el lugar que solo a Dios pertenece.

Juan acepta con serenidad que su misión llega a su plenitud al retirarse. Esta actitud es contracultural en un mundo que pide éxito continuo y protagonismo perpetuo. Pero en la lógica del Reino, la verdadera grandeza es la que cede el paso, la que no necesita reconocimiento, la que apunta siempre a Cristo. La voz se apaga cuando llega la Palabra; la lámpara disminuye cuando amanece la luz.

Por eso, el testimonio de Juan no es solo un gesto de humildad, sino un acto de amor esponsal hacia Cristo. Su alegría se hace plena porque ve cumplirse lo que anunció. La disminución no es pérdida, sino consumación. Y el corazón que aprende esta humildad descubre la libertad de vivir solo para que Cristo crezca.

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