11 de enero de 2026
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Fiesta del Bautismo del Señor
Te alabamos, Señor
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El Bautismo del Señor: cuando el cielo se abre sobre la obediencia
Jesús llega desde Galilea al Jordán para ser bautizado por Juan. Este se sorprende, pues reconoce en Él al más fuerte, al que no necesita purificación alguna. Juan sabe que su bautismo es de penitencia, mientras que Jesús es el Santo de Dios. Sin embargo, Cristo insiste: “Conviene que cumplamos así toda justicia.” Estas palabras encierran un misterio profundo. Jesús no recibe el bautismo porque lo necesite, sino porque quiere asumir plenamente la condición humana y abrir para nosotros el camino de la salvación.
Santo Tomás de Aquino explica que el Señor se somete al rito para consagrar las aguas y conferir al bautismo cristiano su eficacia futura. Así como el Verbo se hizo carne para santificar la humanidad, ahora entra en el Jordán para santificar el agua que regenerará a los creyentes. La justicia que Jesús quiere cumplir no es una mera norma legal, sino la voluntad amorosa del Padre: la misión redentora que requiere humildad, obediencia y entrega perfecta.
Cuando Jesús sale del agua, sucede algo extraordinario. El cielo se abre. El Espíritu Santo desciende en forma de paloma y se posa sobre Él. Y se escucha la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias.” Este instante revela de manera luminosa la Trinidad: el Padre habla, el Hijo obedece, el Espíritu consagra. La escena es litúrgica y cósmica; es la inauguración pública del ministerio de Cristo, sellada por el amor eterno que une a las tres Personas divinas.
Santo Tomás comenta que la paloma es símbolo de mansedumbre, pureza y paz. El Espíritu desciende para mostrar que la misión de Jesús no será de violencia, sino de misericordia. Y la voz del cielo confirma su identidad: el Hijo amado en quien el Padre se complace no por necesidad, sino por el amor eterno que siempre ha existido entre ellos. Con estas palabras, se revela que el camino de la salvación no es el poder del mundo, sino la humildad del que se deja guiar por el Espíritu.
Para la doctrina católica, el bautismo de Cristo es modelo del nuestro. El cielo que se abre sobre Él se abre también sobre cada cristiano cuando recibe el bautismo. El Espíritu desciende para purificar el corazón, y la voz del Padre, aunque no audible con los sentidos, proclama interiormente la verdad de nuestra identidad: somos hijos amados en el Hijo. Así, este pasaje no es solo un recuerdo histórico, sino una experiencia viva que se renueva en cada sacramento.
También se manifiesta aquí la humildad de Juan. Él, que preparaba el camino, se retira para que Cristo lo recorra. El amigo del Esposo vuelve a hacerse pequeño para que el Esposo brille. Santo Tomás señala que la grandeza de Juan está en someter su voluntad a la de Dios. En la obediencia del Bautista y en la obediencia del Hijo se refleja la armonía del Reino: ningún corazón que se entrega a Dios pierde su dignidad; al contrario, es elevado.
Este episodio nos enseña que la verdadera grandeza está en obedecer la voluntad de Dios. El bautismo de Jesús es la puerta por la que entra la luz al mundo. Y cada vez que un alma se entrega a Él, el cielo vuelve a abrirse, el Espíritu vuelve a descender y el Padre vuelve a pronunciar su palabra de amor.
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