II Domingo Ordinario

18 de enero de 2026

Isaίas 49, 3. 5-6 Salmo 39, 2 y 4ab. 7-8a. 8b-9. 10 1 Corintios 1, 1-3 Juan 1, 29-34

II Domingo Ordinario

Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad

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«El Cordero que baja y el Espíritu que desciende»

Juan el Bautista ve venir a Jesús y proclama:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».

No dice simplemente que perdona pecados, sino que los quita, los arranca de raíz. Para Santo Tomás de Aquino, esta frase es una síntesis de toda la misión del Verbo encarnado. Cristo no solo perdona: purifica, restaura, reordena al hombre hacia Dios. Así como el cordero pascual salvó a Israel de la muerte en Egipto, Cristo —el verdadero Cordero— salva a la humanidad de la muerte del alma.

Juan reconoce a Jesús como Aquel que “existía antes” que él, afirmando su preexistencia divina. El Bautista, el más grande entre los nacidos de mujer, confiesa su pequeñez ante el misterio del Hijo eterno. Tomás destaca que este reconocimiento es obra de la luz interior del Espíritu Santo, porque nadie puede comprender el misterio de Cristo solo con inteligencia natural: se requiere una iluminación que Dios concede al humilde.

Luego Juan declara que no conocía plenamente a Jesús hasta el momento en que el Espíritu Santo descendió sobre Él en forma de paloma. Esta visión no revela algo nuevo en Jesús —pues Él ya era el Hijo de Dios— sino que lo manifiesta públicamente para que Israel lo reconozca. La misión del Bautista consiste precisamente en señalar, no en retener. En palabras de Santo Tomás, Juan es “la voz”; Cristo es “la Palabra”. La voz indica, prepara, abre camino; la Palabra salva.

El Espíritu Santo desciende y permanece sobre Jesús. En la teología tomista, este “permanecer” significa que Cristo posee la plenitud de los dones del Espíritu por naturaleza, no por participación. Él no recibe el Espíritu como los profetas, que lo recibían de manera limitada y temporal; Cristo lo tiene de modo perfecto, sustancial, eterno. Por eso puede bautizar “en el Espíritu Santo”: porque la gracia procede de Él como de su fuente.

Juan concluye:
«Yo lo he visto y doy testimonio de que Él es el Hijo de Dios».
No es una opinión, ni una deducción humana: es testimonio. Y el testimonio, para Santo Tomás, tiene valor sagrado porque transmite verdad divina. Juan no apunta hacia sí mismo; su misión es transparente: conducir a los hombres hacia Cristo, no retenerlos consigo.

Este breve pasaje se convierte así en un compendio del misterio cristiano:
– Cristo como Cordero, que se ofrece por los pecados.
– Cristo como bautizador en el Espíritu Santo, que comunica vida nueva.
– Cristo como Hijo de Dios, revelado por el Padre.

El creyente está invitado a mirar a Jesús con los mismos ojos de Juan: reconocerlo como Aquel que quita lo que oprime al alma, Aquel en quien descansa el Espíritu, Aquel que viene no para condenar, sino para transformar. Y, como Juan, a señalarlo con humildad, a dejar que otros lo descubran, a vivir de ese encuentro que purifica y renueva toda la existencia.

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