Día de oración por la protección legal de los niños no nacidos

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22 de enero de 2026

1 Samuel 18, 6-9; 19, 1-7 Salmo 55 Marcos 3, 7-12

Día de oración por la protección legal de los niños no nacidos

En el Señor confío y nada temo

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«La multitud que busca y los demonios que reconocen»

Tras la creciente hostilidad de fariseos y herodianos, Jesús se retira con sus discípulos hacia el lago. Paradójicamente, el rechazo de algunos contrasta con la atracción inmensa que Él suscita: multitudes de Galilea, Judea, Jerusalén, Idumea, al otro lado del Jordán, Tiro y Sidón se congregan en torno a Él. El evangelio subraya una geografía amplia, casi universal, como preludio del alcance católico de la misión de Cristo. Toda la humanidad ―representada por distintos pueblos― corre hacia la fuente de gracia.

Santo Tomás de Aquino observa que el corazón humano, incluso cuando no comprende plenamente, es atraído naturalmente por el Bien supremo. Cristo, Bien en persona, suscita esa búsqueda profunda. La multitud acude no solo por curiosidad, sino por necesidad: “al oír lo que hacía, acudían a Él”. El sufrimiento los empuja hacia la vida, y Jesús no los rechaza; la misericordia es para Él una ley permanente.

La escena tiene rasgos de dramatismo. La multitud es tan grande que Jesús pide a sus discípulos una barca para no ser aplastado. Este detalle muestra la verdadera humanidad del Señor: no actúa como un héroe mítico ajeno al peligro, sino como Dios hecho hombre que asume plenamente las limitaciones de nuestra condición. Para Tomás, esta humildad de Cristo no disminuye su divinidad, sino que la manifiesta en su forma más perfecta: el poder que se inclina con mansedumbre.

Mientras Jesús sana a muchos, aparecen los espíritus impuros, que al verlo se postran y gritan:
«Tú eres el Hijo de Dios».

Aquí se revela un misterio que Santo Tomás explica con precisión:
– Los demonios conocen la divinidad de Cristo, pero no la aman.
– Su reconocimiento no es acto de fe, sino de temor y sometimiento ante la verdad que no pueden negar.
– Saben quién es, pero su voluntad permanece en rebelión.

Por eso Jesús los manda callar. No acepta el testimonio del enemigo. La verdad sobre su identidad no debe ser proclamada desde la oscuridad, sino desde la luz de la fe. El reconocimiento demoníaco no produce conversión; la voz de los demonios no conduce al bien. Para Tomás, la fe auténtica exige no solo conocimiento, sino consentimiento amoroso de la voluntad. Los demonios ven la verdad, pero su voluntad está fijada en el mal.

El contraste es profundo:
– Las multitudes tocan a Jesús buscando vida.
– Los demonios se postran ante Él, pero sin amor.
– Jesús, en medio del tumulto, ofrece misericordia y pide silencio a las tinieblas.

Este pasaje revela el corazón del Evangelio: donde Cristo pasa, la humanidad se agolpa para ser sanada, y el mal espiritual queda desenmascarado ante la presencia del Santo de Dios. La luz atrae, y también hiere; la misericordia llama, y la mentira se sacude.

Para el creyente, este texto deja varias lecciones:
– La búsqueda sincera de Cristo, incluso cuando nace del sufrimiento, es acogida por Él.
– No basta “reconocer” a Jesús intelectualmente: es preciso responder con amor y obediencia.
– La presencia del Señor desenmascara nuestras sombras; lo que los demonios temen, el cristiano debe abrazarlo: la verdad que libera.
– Jesús sigue siendo el lugar donde los pueblos se reúnen y encuentran sanación.

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