13 de mayo de 2026
Hechos 17, 15-16. 22–18, 1 Salmo 148, 1-2. 11-12ab. 12c-14a. 14bcd Juan 16, 12-15
Miércoles de la VI semana de Pascua
La gloria del Señor sobrepasa cielo y tierra. Aleluya
“El Espíritu de la verdad os guiará”
El pasaje de Evangelio según San Juan 16, 12-15 nos introduce en uno de los misterios más profundos de la vida cristiana: la acción silenciosa pero poderosa del Espíritu Santo en el alma y en la Iglesia.
Jesús dice a sus discípulos:
“Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas ahora.”
Estas palabras revelan una pedagogía divina llena de sabiduría. Dios no comunica toda la profundidad de sus misterios de golpe; prepara lentamente el corazón humano. La verdad de Dios no solo debe entenderse con la inteligencia, sino también soportarse espiritualmente.
Santo Tomás de Aquino comenta que los apóstoles, antes de la Pascua y de Pentecostés, todavía no tenían la fortaleza interior necesaria para comprender plenamente el misterio de la Cruz, la Resurrección y la vida nueva en el Espíritu. La gracia debía madurar primero sus corazones.
Esto también sucede en la vida cristiana. Muchas veces Dios no responde todo inmediatamente porque el alma necesita crecer antes de recibir ciertas luces. La maduración espiritual forma parte del camino de la fe.
Luego Cristo anuncia:
“Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena.”
La doctrina católica enseña que el Espíritu Santo no trae una revelación distinta de la de Cristo, sino que conduce a comprender más profundamente la misma verdad revelada. Por eso la Iglesia no “inventa” doctrinas nuevas; profundiza, custodia y transmite el depósito de la fe recibido de Cristo.
Santo Tomás explica que el Espíritu guía de dos maneras: exteriormente, mediante la enseñanza apostólica y la Iglesia; e interiormente, iluminando la inteligencia y moviendo el corazón hacia el bien. Sin esa luz interior, el hombre puede oír palabras divinas y aun así permanecer cerrado a ellas.
Jesús añade:
“No hablará por cuenta propia.”
Aquí aparece el misterio de la perfecta unidad de la Santísima Trinidad. El Espíritu Santo no actúa separado del Padre y del Hijo. Todo en Dios es comunión perfecta. El Espíritu glorifica al Hijo porque procede del Padre y del Hijo eternamente.
Santo Tomás veía en esto una lección profunda sobre la humildad. El Espíritu Santo, siendo Dios verdadero, no busca su propia gloria aislada, sino manifestar la gloria del Hijo. Del mismo modo, el alma verdaderamente santa no busca exaltarse a sí misma, sino conducir todo hacia Dios.
Cristo continúa:
“Él me glorificará, porque recibirá de lo mío.”
El Espíritu Santo hace que Cristo sea conocido, amado y adorado. Toda auténtica vida espiritual centrada en el Espíritu conduce necesariamente a Jesucristo. Cuando una espiritualidad aparta de Cristo, de la verdad o de la Iglesia, no procede del Espíritu Santo.
Santo Tomás señala también que el Espíritu toma “de lo mío” no como quien recibe algo que antes no poseía, sino porque en la Trinidad todo es común entre el Padre, el Hijo y el Espíritu, excepto las relaciones personales que distinguen a cada Persona divina.
Finalmente Jesús declara:
“Todo lo que tiene el Padre es mío.”
Con esta frase, Cristo revela claramente su igualdad divina con el Padre. No es simplemente un profeta iluminado ni un maestro moral; es el Hijo eterno de Dios. El Espíritu Santo, al venir al alma, introduce al creyente en esa misma comunión trinitaria.
Este Evangelio nos recuerda que la vida cristiana no consiste solo en esfuerzo humano o conocimiento intelectual. Sin el Espíritu Santo, la fe se vuelve teoría; con Él, la verdad se vuelve vida.
El Espíritu sigue guiando a la Iglesia, fortaleciendo a los fieles, iluminando las conciencias y conduciendo las almas hacia Cristo. Y cuanto más dócil es el corazón a esa acción divina, más profundamente comienza a participar, ya desde esta tierra, de la vida misma de Dios.
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