Abraham y Cristo: Fe en Tiempos de Tormenta

Martes de la XIII semana del Tiempo ordinario

LA Fe

Génesis 19, 15-29 Salmo 25, 2-3. 9-10. 11-12 Mateo 8, 23-27

Abraham se levantó de mañana y se dirigió al sitio donde había estado con el Señor

#julio #lecturadeldia

El pasaje de Mateo 8, 23-27, que narra la tempestad calmada por Jesús, es una joya teológica que revela la divinidad de Cristo y la confianza que debemos depositar en Él, según la doctrina católica. En este episodio, Jesús sube a la barca con sus discípulos, y mientras navegan, se desata una gran tempestad. Los discípulos, atemorizados, claman: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!”. Jesús, tras reprender su poca fe, calma la tormenta con una palabra, mostrando su poder sobre la creación.

Desde la perspectiva de Santo Tomás de Aquino, este pasaje puede entenderse a la luz de la teología de la providencia divina. En su Summa Theologica (I, q. 22), Santo Tomás explica que Dios gobierna todas las cosas con su sabiduría, y nada escapa a su poder. La tempestad, símbolo de las pruebas y turbulencias de la vida, no está fuera del control de Cristo, quien es el Verbo encarnado. Su capacidad de calmar el mar refleja su naturaleza divina, pues, como afirma Santo Tomás, solo Dios, como causa primera, tiene dominio absoluto sobre la creación. Los discípulos, al presenciar este milagro, se preguntan: “¿Quién es este, que hasta los vientos y el mar le obedecen?”. Esta pregunta apunta al misterio de la Encarnación, que une la naturaleza humana y divina en Cristo.

La enseñanza católica nos invita a ver en este relato una llamada a la fe. Los discípulos, a pesar de estar con Jesús, sucumben al miedo. Santo Tomás, en su tratado sobre la fe (Summa Theologica, II-II, q. 1-7), subraya que la fe no solo es asentir a las verdades reveladas, sino confiar plenamente en Dios, incluso en medio de las tormentas de la vida. La reprensión de Jesús (“¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?”) nos recuerda que la fe débil vacila ante las dificultades, pero la fe robusta, alimentada por la gracia, nos lleva a descansar en la providencia divina.

Además, este pasaje tiene un sentido eclesial. La barca es una imagen tradicional de la Iglesia, navegando en el mar agitado del mundo. Cristo, presente en ella, es quien la guía y la protege. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 845), la Iglesia es la “barca” que lleva a los fieles hacia la salvación, y Cristo es su timonel. Santo Tomás, en su comentario al Evangelio de Mateo, señala que las tempestades representan las persecuciones y tentaciones que enfrentan los cristianos, pero la presencia de Cristo asegura la victoria final.

En nuestra vida, las tormentas —sean crisis personales, dudas o sufrimientos— nos desafían a renovar nuestra confianza en Jesús. Como dice Santo Tomás, la esperanza cristiana se funda en la omnipotencia de Dios, que nunca abandona a sus hijos. Así, Mateo 8, 23-27 nos exhorta a clamar a Cristo con fe, sabiendo que, como en la Eucaristía, Él está presente en la barca de nuestra alma y de la Iglesia, dispuesto a calmar toda tempestad con su amor y poder.

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