August 9, 2025
Deuteronomio 6, 4-13 Salmo 17, 2-3a. 3bc-4. 47 y 51ab Mateo 17, 14-20
Sábado de la XVII semana del Tiempo ordinario
Yo te amo, Señor, tú eres mi fuerza
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El pasaje de *Mateo 17, 14-20* nos presenta el episodio de la curación de un joven lunático y la enseñanza de Jesús sobre la fe, que, como un grano de mostaza, puede mover montañas. Este texto, profundamente rico en significado espiritual, invita a reflexionar sobre la confianza en Dios, la fuerza de la fe y la necesidad de la oración.
En este pasaje, un hombre suplica a Jesús que cure a su hijo, aquejado por una grave enfermedad que lo lleva a arrojarse al fuego y al agua. Los discípulos, incapaces de sanarlo, son reprendidos por Jesús, quien señala su «poca fe» como la causa de su fracaso. Tras sanar al joven, Jesús enseña que una fe, aunque pequeña como un grano de mostaza, puede lograr lo imposible si se fundamenta en Dios.
Este relato nos confronta con la fragilidad humana, pero también con la grandeza de la gracia divina que actúa a través de la fe. Desde la perspectiva católica, este texto subraya la fe como un don sobrenatural, una virtud teologal que nos une a Dios y nos permite participar de su poder. El *Catecismo de la Iglesia Católica* (n. 1814) define la fe como la adhesión personal a Dios y la aceptación de sus verdades reveladas. En este sentido, el episodio del joven lunático nos recuerda que la fe no es un mero sentimiento, sino un acto de la voluntad y la inteligencia, movidas por la gracia, que nos lleva a confiar plenamente en la providencia divina.
Santo Tomás de Aquino, en su *Summa Theologiae* (II-II, q. 4, a. 1), describe la fe como un hábito de la mente que nos permite asentir a las verdades divinas por la autoridad de Dios que las revela. En el contexto de *Mateo 17, 14-20*, la «poca fe» de los discípulos puede entenderse como una fe imperfecta, no por su intensidad, sino por su falta de firmeza y confianza absoluta en el poder de Dios. Tomás distingue entre la fe informe, que carece de caridad, y la fe formada, vivificada por el amor. Los discípulos, aunque creían, no habían alcanzado aún esa fe formada que se entrega sin reservas a la voluntad divina, lo que les impidió obrar el milagro. El grano de mostaza, imagen central del pasaje, es particularmente iluminador.
Santo Tomás, en su comentario al Evangelio de Mateo, señala que la fe, aunque pequeña en su inicio, tiene un potencial inmenso cuando se enraíza en la gracia de Dios. La mostaza, siendo la más pequeña de las semillas, crece hasta convertirse en un árbol frondoso (cfr. *Mt 13, 31-32*). Así, la fe, aun en su aparente pequeñez, puede mover montañas, es decir, superar los obstáculos más grandes de la vida espiritual y temporal, porque no depende de la fuerza humana, sino de la omnipotencia divina. Tomás subraya que los milagros, como la curación del joven, no son obra del hombre, sino de Dios, que actúa a través de la fe como instrumento (S. Th., II-II, q. 178, a. 1). Además, Jesús añade que «esta clase de demonios solo se expulsa con la oración y el ayuno» (*Mt 17, 21*, según algunas versiones). Aquí, Santo Tomás nos invita a reflexionar sobre la importancia de la oración como medio para fortalecer la fe y disponernos a la acción de Dios.
En su tratado sobre la oración (*S. Th.*, II-II, q. 83), Tomás explica que la oración es un acto de la razón que eleva la mente a Dios, buscando su auxilio y reconociendo nuestra dependencia de Él. El ayuno, por su parte, mortifica las pasiones y purifica el corazón, preparándolo para recibir la gracia. La incapacidad de los discípulos para expulsar el demonio refleja, en parte, su falta de preparación espiritual, lo que resalta la necesidad de una vida de oración constante y de sacrificio.
En el contexto actual, este pasaje nos desafía a examinar la calidad de nuestra fe. ¿Confiamos plenamente en Dios, incluso ante las dificultades que parecen insuperables? ¿Cultivamos nuestra fe con la oración y la penitencia, como nos enseña Jesús? Santo Tomás nos recuerda que la fe debe ser activa, manifestada en obras de caridad y en una vida coherente con el Evangelio. La curación del joven no solo es un milagro físico, sino una señal de la restauración espiritual que Dios desea obrar en cada uno de nosotros.
En conclusión, *Mateo 17, 14-20* nos llama a vivir una fe audaz, humilde y perseverante, que, como el grano de mostaza, puede transformar el mundo si se apoya en la gracia divina. Siguiendo a Santo Tomás, entendemos que esta fe no es un logro humano, sino un don que debemos pedir y nutrir mediante la oración, el ayuno y la confianza absoluta en Dios. Que este pasaje nos inspire a acercarnos a Cristo con un corazón abierto, dispuestos a dejar que su poder obre maravillas en nosotros y a través de nosotros.
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