September 3, 2025
Colosenses 1, 1-8 Salmo 51, 10. 11 Lucas 4, 38-44
Memoria de San Gregorio Magno, papa y doctor de la Iglesia
Confío para siempre en el amor de Dios
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Lucas 4,38-44 relata la curación de la suegra de Simón (Pedro), seguida de numerosas sanaciones y exorcismos, y concluye con Jesús anunciando que debe ir también a otras ciudades para proclamar el Reino.
Comentario doctrinal y patrístico
El evangelista nos muestra a Cristo saliendo de la sinagoga y entrando en la casa de Simón, donde la suegra de este estaba con fiebre alta. Jesús “inclinándose sobre ella, increpó a la fiebre” y la curó; ella, inmediatamente levantada, se puso a servirles (Lc 4,38-39). La Iglesia, siguiendo la enseñanza de los Padres, ve aquí un signo de la caridad que brota de la gracia: la salud restituida no se guarda para sí, sino que se convierte en servicio.
San Gregorio Magno, en sus Homilías sobre los Evangelios (Hom. 29), comenta que la fiebre simboliza el ardor desordenado de la concupiscencia y las pasiones. Cristo, al tocar, no solo devuelve la salud corporal, sino que apaga el fuego interior del pecado:
“La fiebre de la suegra de Pedro era figura de la fiebre de nuestra carne; el Señor, al tocarla, nos enseña que, al asumir la carne, sanó el ardor de nuestra culpa.”
Esta acción refleja el doble poder de Cristo: curar el cuerpo y sanar el alma, anticipando el sacramento de la unción de los enfermos y recordando que la salvación es integral (cf. Catecismo, nn. 1503-1505).
Cuando el sol se pone, toda la ciudad lleva a los enfermos y endemoniados. Jesús impone las manos a cada uno, mostrando que la gracia no es impersonal sino un encuentro concreto, y que su misión es “proclamar la Buena Noticia del Reino de Dios” en todo lugar (Lc 4,43). San Gregorio destaca que Cristo no se limita a un solo pueblo porque su misión es universal:
“Rehusó quedarse en un solo lugar para que ninguno se gloríe de tenerlo solo para sí; el médico del alma ha de estar en todo lugar donde haya enfermos que sanar.”
La Iglesia enseña que esta universalidad es nota esencial de su misión (cf. Ad gentes, 1-2). Así, este pasaje nos recuerda que, si hemos recibido la gracia de ser sanados por Cristo, no debemos retenerlo para nosotros, sino anunciarlo y llevarlo a otros, porque el Reino no es propiedad privada, sino don ofrecido a todos.
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