Septiembre 6, 2025
Colosenses 1, 21-23 Del Salmo 53 Lucas 6, 1-5
Sábado de la XXII semana del Tiempo ordinario
Por tu inmensa bondad, ayúdanos, Señor
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En este pasaje vemos a los fariseos escandalizados porque los discípulos de Jesús arrancaban espigas en sábado y las comían. Para ellos, tal acción parecía una violación de la Ley, pues el sábado estaba consagrado al descanso absoluto. Sin embargo, Cristo responde recordando el ejemplo de David, quien, en necesidad, comió los panes de la proposición que sólo los sacerdotes podían tomar. Y concluye con palabras que son el corazón del pasaje: “El Hijo del Hombre es Señor del sábado”.
Cristo no abroga la Ley, sino que la lleva a su plenitud. El sábado, instituido en la Antigua Alianza, prefiguraba el descanso eterno en Dios y preparaba al pueblo a vivir en la obediencia y en la alabanza. Pero con la llegada de Cristo, Señor de la Ley, su sentido se revela en plenitud: no se trata de una mera observancia externa, sino de un medio para conducir al hombre a la unión con Dios.
Santo Tomás de Aquino, en la Suma Teológica (II-II, q.122, a.4), enseña que los preceptos de la Ley Antigua tenían un doble aspecto: unos eran morales, enraizados en la ley natural y, por tanto, permanentes; otros eran ceremoniales, orientados a prefigurar el misterio de Cristo y, por tanto, caducos con su venida. El sábado pertenece a esta segunda categoría en cuanto rito, pero conserva su sentido moral de ordenar al hombre hacia Dios, dedicándole tiempo santo y liberándolo de la esclavitud del trabajo servil. En Cristo, este descanso se cumple de modo más alto: Él mismo es nuestro verdadero sábado, en quien el alma encuentra reposo.
El gesto de los discípulos arrancando espigas es símbolo de la libertad cristiana. Santo Tomás comenta que las obras de necesidad y de misericordia superan la mera letra de la Ley, porque la caridad es la ley suprema que rige toda acción humana. Así como David no pecó al comer los panes sagrados en necesidad, tampoco los discípulos pecan al satisfacer el hambre en sábado. La ley divina no está hecha para oprimir, sino para conducir al bien.
Finalmente, las palabras de Jesús —“El Hijo del Hombre es Señor del sábado”— manifiestan su autoridad divina. Santo Tomás explica que sólo Dios puede dispensar de la ley, porque sólo Él es su autor. Al declararse Señor del sábado, Cristo se revela como verdadero Dios, no simplemente como un maestro que interpreta la ley, sino como aquel que la instituye y la perfecciona.
Este pasaje, por tanto, nos enseña que la vida cristiana no consiste en un legalismo rígido, sino en vivir en Cristo, quien da a la ley su sentido pleno. El verdadero descanso sabático se encuentra en Él, en la comunión con su gracia y en la caridad que da vida a todas las observancias.
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