Septiembre 5, 2025
Colosenses 1, 15-20 Salmo 99, 2. 3. 4. 5 Lucas 5, 33-39
Viernes de la XXII semana del Tiempo ordinario
Bendigamos al Señor, porque él es bueno
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En este pasaje, los fariseos y los escribas interpelan a Jesús por la aparente novedad de su conducta: mientras los discípulos de Juan y los fariseos ayunan y practican austeridades visibles, los discípulos de Cristo parecen vivir en un clima de alegría. El Señor responde con imágenes nupciales y parabólicas: “¿Podéis hacer ayunar a los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos?” (v. 34).
La enseñanza de Cristo revela una verdad central de la fe: Él mismo es el Esposo, el Mesías esperado, y su presencia inaugura un tiempo nuevo en la historia de la salvación. Santo Tomás de Aquino, en su Comentario al Evangelio de San Juan y en la Suma Teológica, explica que las prácticas de penitencia no tienen valor absoluto, sino relativo a su finalidad: disponer al hombre para recibir la gracia, purificar los afectos y ordenar el deseo hacia el bien supremo, que es Dios. Siendo Cristo mismo el Bien supremo presente en medio de los discípulos, la austeridad exterior cede ante la plenitud interior que Él comunica.
La imagen de los “odres nuevos para el vino nuevo” (v. 38) encierra una doctrina profunda. Santo Tomás señala que la gracia no destruye la naturaleza, sino que la eleva y perfecciona. El vino nuevo es la novedad de la gracia y de la vida en el Espíritu, que no puede contenerse en los moldes rígidos de la Antigua Ley si estos se consideran sin apertura a su cumplimiento en Cristo. El odre nuevo es el corazón renovado por la caridad, capaz de acoger la abundancia de la gracia sin corromperla.
La Iglesia, siguiendo esta enseñanza, ha visto en estas palabras una pedagogía del Espíritu: hay un tiempo para la austeridad y un tiempo para la alegría. La penitencia es necesaria, como lo recuerda la práctica del ayuno en la Cuaresma, pero no tiene sentido si se reduce a un formalismo vacío. El ayuno cristiano está ordenado a unirnos más íntimamente a Cristo, a prepararnos para recibirlo y a dejarnos transformar por Él.
Santo Tomás, en la Suma Teológica (II-II, q.147), indica que el ayuno es virtud en cuanto sirve a la humildad, a la represión de la concupiscencia y a la elevación del alma hacia lo espiritual. Pero advierte que, sin la caridad, todas estas prácticas carecen de mérito. En este sentido, el pasaje evangélico ilumina la primacía del amor sobre el rito: lo central no es la mera mortificación, sino la unión con Cristo, el Esposo que trae la plenitud de los tiempos.
Finalmente, la advertencia de Jesús —“el vino nuevo se echa en odres nuevos” (v. 38)— es también un llamado permanente a la conversión. No basta con querer recibir la novedad del Evangelio conservando un corazón viejo, endurecido por el pecado o la rutina religiosa. Es necesario un corazón transformado por la gracia, dócil al Espíritu, capaz de expandirse con la abundancia del amor divino.
Así, este pasaje nos recuerda que la vida cristiana no es mero cumplimiento externo, sino novedad radical que nace del encuentro con Cristo, Esposo de la Iglesia y fuente de la verdadera alegría.
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