Septiembre 16, 2025
1 Timoteo 3, 1-13 Salmo 100, 1-2ab. 2cd-3ab. 5. 6 Lucas 7, 11-17
Memoria de San Cornelio, Papa y san Cipriano, obispo, mártires
Danos, Señor, tu bondad y tu justicia
#septiembre #lecturadeldia #izack4x4 #ordinario
En Lucas 7, 11-17 contemplamos la compasión de Cristo en el milagro de resucitar al hijo único de la viuda de Naín. La escena es profundamente humana: una madre, desolada y sola, acompañada por el pueblo que llora con ella, se dirige al sepulcro. Jesús, al verla, “se conmovió en lo más íntimo” y le dijo: “No llores”. Luego, tocando el féretro, ordenó al joven levantarse, y lo devolvió vivo a su madre. Este pasaje nos muestra al Salvador que no permanece distante ante el sufrimiento, sino que entra en el dolor humano y lo transforma con la fuerza de su misericordia.
Este milagro es un signo del poder de Cristo sobre la muerte, anticipando su propia resurrección y la resurrección final de los justos. Pero también hay aquí un gesto de amor particular: al devolver el hijo a su madre, el Señor manifiesta que el Reino de Dios no sólo se anuncia con palabras, sino que se hace presente en la restauración concreta de la vida y de los vínculos humanos. La compasión de Cristo no se queda en lo espiritual, sino que alcanza lo más profundo de la existencia, mostrando que Dios se interesa por las lágrimas de cada uno de sus hijos.
Santo Tomás de Aquino, al hablar de los milagros de Cristo, enseña que son signos que no buscan únicamente maravillar, sino conducir a la fe. Para Tomás, la resurrección de este joven es figura de la resurrección espiritual que Dios obra en las almas muertas por el pecado. Como aquel joven se levantó al oír la voz del Hijo de Dios, así también el pecador revive cuando escucha la palabra de Cristo y acoge su gracia. Además, Tomás subraya que la misericordia divina es la raíz de todo obrar de Dios hacia la criatura: la compasión de Jesús hacia la viuda revela el rostro paternal de Dios, que no tolera la perdición de sus hijos, sino que acude con prontitud a socorrerlos.
Este pasaje nos enseña que, ante nuestro dolor y nuestra muerte interior, Cristo se acerca y nos dice también: “No llores”. Él es capaz de devolvernos la vida cuando ya creemos todo perdido, y de restaurar nuestras relaciones heridas, como restituyó al hijo en brazos de su madre. El cristiano, al meditar en este Evangelio, está llamado a confiar en la fuerza de la misericordia de Dios, que vence la muerte y el pecado, y a imitar la compasión de Cristo, siendo signo de esperanza para quienes lloran a su lado.
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