Septiembre 18, 2025
1 Timoteo 4, 12-16 Salmo 110, 7-8. 9. 10 Lucas 7, 36-50
Jueves de la XXIV semana del Tiempo ordinario
Los mandamientos del Señor son dignos de confianza
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El pasaje de Lucas 7, 36-50 nos presenta a Jesús invitado a la casa de un fariseo, donde una mujer pecadora entra, llora a sus pies, los unge con perfume y los besa, en contraste con la frialdad del anfitrión. Aquí se revelan, por un lado, la grandeza de la misericordia de Cristo, y por otro, la fuerza transformadora de la fe y el amor verdadero.
Desde la doctrina católica, esta escena es un testimonio de que la salvación no se concede por méritos humanos, sino por la gracia de Dios acogida en un corazón arrepentido. La Iglesia siempre ha visto en esta mujer el ícono de la conversión sincera: ella no oculta sus pecados, sino que los lleva ante el Señor con lágrimas, confiando más en su misericordia que en sus propias fuerzas. Frente a la rigidez del fariseo, que juzga desde la ley y la apariencia, Jesús enseña que el amor nacido del perdón supera toda justicia meramente legalista.
Santo Tomás de Aquino, en su Comentario al Evangelio de San Juan y en la Suma Teológica, recuerda que el amor a Dios es fruto del conocimiento de su bondad y de la experiencia de su misericordia. Quien mucho ha sido perdonado, mucho ama, porque reconoce en mayor medida la grandeza del don recibido. Así, la mujer manifiesta lo que Santo Tomás llama “acto de caridad perfecto”: se abandona por entero a Cristo, sin temor al juicio humano, pues sabe que el perdón divino restaura el alma y la une íntimamente con Dios.
Además, Tomás explica que la fe es el fundamento de la justificación, y que las obras externas (como el ungir los pies de Jesús) son signos visibles de la gracia interior. Esta mujer no sólo cree en el poder de Cristo para perdonar, sino que traduce su fe en gestos de humildad y entrega. El fariseo, en cambio, aunque justo en apariencia, carece de la caridad que vivifica la fe.
En conclusión, este pasaje nos enseña que la verdadera grandeza no está en la pureza exterior ni en el cumplimiento frío de la ley, sino en dejarse abrazar por la misericordia de Cristo y responder con amor ardiente. El corazón contrito y humillado, como señala Santo Tomás, dispone al alma para la gracia, que borra los pecados y eleva al hombre a la amistad divina.
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