Humildad y fe: Claves del discipulado cristiano

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Octubre 5, 2025

Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4 Salmo 94, 1-2. 6-7. 8-9 2 Timoteo 1, 6-8. 13-14 Lucas 17, 5-10

XXVII Domingo ordinario

Señor, que no seamos sordos a tu voz

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El Evangelio según san Lucas nos presenta en este pasaje la súplica de los apóstoles: “Auméntanos la fe” (Lc 17,5). Jesús responde con la enseñanza de que incluso una fe pequeña, “como un grano de mostaza”, es capaz de realizar lo imposible, arrancar un árbol de raíz y plantarlo en el mar. A continuación, el Señor expone la parábola del siervo que, después de cumplir su deber en el campo, no espera gratitud, sino que reconoce que solo ha hecho lo que le correspondía.

Este texto revela dos dimensiones inseparables de la vida cristiana: la fe como don gratuito de Dios y la humildad como actitud fundamental del discípulo. La fe no se mide por la cantidad, sino por la autenticidad de la adhesión a Dios. Según el Catecismo de la Iglesia Católica, la fe es al mismo tiempo gracia y respuesta libre del hombre (cf. CIC 153). Por eso los apóstoles no piden técnicas o fuerzas propias, sino que imploran: “Auméntanos la fe”. Reconocen que la fe es infundida por Dios y que solo Él puede hacerla crecer.

Santo Tomás de Aquino, en la Suma Teológica (II-II, q.4), enseña que la fe es un hábito sobrenatural infundido por Dios en la inteligencia, por el cual creemos lo que Él ha revelado, no por evidencia de las cosas, sino por la autoridad de Dios que no puede engañarse ni engañarnos. De aquí que el poder de la fe no dependa de su magnitud cuantitativa, sino de su raíz sobrenatural. Así, incluso la fe “mínima” puede obrar cosas mayores que cualquier fuerza natural, porque participa de la omnipotencia divina.

Por otra parte, la segunda parte del pasaje sobre el siervo inútil recuerda al cristiano que todo lo que realiza, incluso las obras buenas, no constituyen un mérito en sentido de “reclamo frente a Dios”, sino respuesta de amor al Señor que primero nos amó. Santo Tomás enseña que, en realidad, todo lo bueno que hay en nosotros proviene de Dios como causa primera, y nosotros solo cooperamos como causas segundas (cf. S. Th., I-II, q.109). Por eso, incluso después de haber hecho el bien, el cristiano debe reconocer que lo ha realizado con la gracia de Dios, y mantenerse en la humildad.

La pedagogía de Cristo es clara: pide confianza absoluta en el poder de la fe y, a la vez, una profunda humildad en el obrar. No es el discípulo quien debe buscar ser alabado o reconocido, sino quien, como siervo fiel, se alegra de haber servido al Señor. De ahí que este Evangelio sea un llamado a unir la fe viva con la humildad activa, para que la vida cristiana no se apoye ni en la autosuficiencia ni en la vanagloria, sino en la gracia que actúa en nosotros.

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