La Justicia de Dios: Lecciones del Evangelio

Octubre 10, 2025

Joel 1, 13-15; 2, 1-2 Salmo 9, 2-3. 6 y 16. 8-9 Lucas 11, 15-26

Viernes de la XXVII semana del Tiempo ordinario

El Señor juzga al mundo con justicia

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El pasaje de Lucas presenta la acusación de algunos que, viendo a Cristo expulsar demonios, dicen: “Por Beelzebul, príncipe de los demonios, expulsa los demonios”. Jesús responde con lógica luminosa: un reino dividido no puede subsistir. La liberación que Él realiza no proviene de Satanás, sino del poder del Espíritu de Dios, manifestando así la llegada del Reino. Además, enseña que el alma liberada debe llenarse de Dios, pues de lo contrario queda vacía y vuelve a ser presa de espíritus peores.

Se subraya que el Señor manifiesta que Satanás no puede luchar contra sí mismo sin destruir su dominio. Esto revela que todo pecado introduce división, mientras que la gracia une. En cambio, Dios es unidad y paz, y quien se deja guiar por Él participa de esa armonía. Jesús dice: “Si yo expulso los demonios con el dedo de Dios, es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros”. Los Padres de la Iglesia vieron en esta expresión una alusión al Espíritu Santo, que escribe la ley nueva en los corazones (cf. 2 Co 3,3). La Iglesia enseña que toda verdadera liberación del mal procede de la acción del Espíritu que santifica. La advertencia final es sobria: un alma liberada, si permanece vacía y sin la inhabitación de Dios, queda expuesta a un mal mayor. No basta ser liberado del pecado: es necesario llenarse de la gracia, la oración y la vida sacramental. La conversión es positiva: no es solo dejar atrás el mal, sino abrazar el bien.

Santo Tomás de Aquino, en su Comentario al Evangelio de San Lucas y en la Suma Teológica, ilumina estos aspectos. Sobre la acusación de los fariseos, explica que es una blasfemia contra el Espíritu atribuir al demonio lo que es obra divina. Aquí se pone de manifiesto la dureza de corazón, que se resiste a reconocer la verdad evidente. En cuanto a la fuerza de Cristo, Tomás subraya que “el hombre fuerte” (el demonio) es vencido solo por uno más fuerte: Cristo, que ata al enemigo y rescata a los cautivos (cf. ST III, q. 49, a. 2, sobre la Redención como victoria sobre el diablo). Sobre la advertencia del “espíritu inmundo que vuelve con otros siete peores”, señala que el alma debe estar habitada por la caridad. Sin el amor de Dios, la libertad conquistada se convierte en terreno vacío. La gracia no soporta la ociosidad: si no se cultiva el bien, inevitablemente el mal retorna con más fuerza.

En conclusión, este Evangelio nos invita a discernir entre el obrar de Dios y la confusión del enemigo; a reconocer en Cristo la fuerza que nos libra de la esclavitud del pecado; y a no contentarnos con haber sido “limpiados”, sino a llenar nuestra vida de la presencia viva de Dios. Como enseña Santo Tomás: “La gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona” (ST I, q. 1, a. 8 ad 2). El alma liberada, perfeccionada por la gracia, se convierte en verdadero templo de Dios, donde el mal no tiene lugar.

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