El uso espiritual de los bienes y la pureza del corazón ante Dios

Noviembre 8, 2025

Romanos 16, 3-9. 16. 22-27 Salmo 144, 2-3. 4-5. 10-11 Lucas 16, 9-15

Sábado de la XXXI Semana del Tiempo Ordinario

Dichosos los que aman al Señor

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El uso espiritual de los bienes y la pureza del corazón ante Dios

En este pasaje, Jesús continúa enseñando sobre el recto uso de las riquezas. Declara que debemos usar los bienes materiales para ganar “amigos que nos reciban en las moradas eternas”, y termina con una sentencia contundente: “No se puede servir a Dios y al dinero”. Los fariseos, que eran amantes de la riqueza, se burlaban de Él, pero Jesús revela que Dios mira el corazón, no las apariencias.

La doctrina católica, respaldada por santo Tomás de Aquino, enseña que los bienes materiales son instrumentos para el ejercicio de la virtud, no fines absolutos. Poseer riquezas no es pecado; lo es amarlas desordenadamente, confiar en ellas o usarlas solo para uno mismo.

Santo Tomás afirma: “La avaricia desvía el corazón del verdadero fin que es Dios, y fija el alma en lo perecedero” (S.Th. II-II, q.118).

Jesús llama “injustas” a las riquezas no porque sean ilícitas en sí mismas, sino porque pertenecen a este mundo pasajero y no pueden darnos la justicia eterna. Por eso invita a usarlas con sabiduría espiritual: ayudando a los pobres, sosteniendo la misión de la Iglesia, sirviendo al prójimo. Así, lo material se transforma en mérito eterno.

Cristo enseña que quien es fiel en lo pequeño (lo material) será fiel en lo grande (la gracia, la salvación, los dones del Espíritu). La falta de fidelidad en el uso de los bienes indica un corazón dividido.
Santo Tomás explica que el corazón humano solo puede reposar en un fin último; si se apega a lo temporal, se hace incapaz de recibir lo eterno.

Aquí Jesús no habla de una imposibilidad externa, sino interna: el corazón humano no puede amar con totalidad dos realidades absolutas. O Dios es el Señor del alma, o lo es el dinero. No se trata de tener o no tener, sino de quién posee el corazón.

Los fariseos se consideraban bendecidos por Dios porque tenían riquezas, y juzgaban a Jesús. Pero Él responde: “Lo que es estimado por los hombres es abominable ante Dios” cuando se coloca en contra del amor. Santo Tomás enseña que Dios no juzga por lo exterior, sino por la intención profunda del corazón. La verdadera grandeza no está en la apariencia, sino en la humildad y caridad interior.

Este pasaje no condena la riqueza, sino el mal uso de ella. Jesús nos llama a ser administradores sabios, a invertir en el Reino de los cielos, a vivir con un corazón indiviso. Lo esencial no es lo que poseemos, sino cómo lo usamos y a quién servimos con ello.

El dinero es un buen siervo, pero un mal amo.
Solo Dios es digno de ser el Señor de nuestro corazón.

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