8 de enero de 2026
1 Juan 4, 19–5, 4 Salmo 71, 2. 14 y 15bc. 17 Lucas 4:14-22
Jueves después de Epifanía
Que te adoren, Señor, todos los pueblos
#lecturadeldia #izack4x4 #enero #epifania
La hora de la gracia: Cristo proclama la llegada del Dios que libera, sana y restaura
Jesús regresa a Galilea “con la fuerza del Espíritu”. Esta nota inicial de Lucas abre la dimensión profunda de todo lo que sigue: Cristo no actúa simplemente como un maestro itinerante, sino como el Ungido, movido y sostenido por la plenitud del Espíritu Santo. Para Santo Tomás de Aquino, esta expresión indica que la humanidad de Jesús está totalmente penetrada por la gracia habitual y por la unión hipostática. Por eso, cada gesto de Cristo es sacramental: manifiesta, en lo visible, la acción invisible del Dios trinitario.
Jesús recorre las sinagogas enseñando, y todos hablan bien de Él. La enseñanza es su primer signo. Antes de obrar milagros, antes de sanar o liberar, Cristo ilumina. El hombre no se salva solo por obras poderosas, sino por la verdad que libera interiormente. La revelación no es un añadido: es el alimento primero de la fe. Allí donde Cristo es escuchado, el corazón humano se ordena, se abre y se purifica.
Cuando Jesús llega a Nazaret, su tierra, entra en la sinagoga “según su costumbre”. Este detalle revela su plena inserción en la historia del pueblo de Dios. Cristo no viene a abolir, sino a cumplir; no viene a destruir la tradición, sino a llevarla a su plenitud. Santo Tomás observa que la encarnación implica no solo asumir la naturaleza humana, sino también asumir un contexto histórico, un lenguaje religioso y una comunidad concreta. Dios no actúa al margen de la historia: se introduce en ella como luz que la transfigura desde dentro.
Le entregan el libro del profeta Isaías, y Jesús abre el rollo hasta encontrar un pasaje específico. No es un texto escogido al azar: Jesús selecciona voluntariamente el anuncio mesiánico del capítulo 61 de Isaías, donde se describe la misión del Siervo que viene a traer liberación, consuelo y restauración. En este acto de escoger y proclamar, Cristo revela su identidad profunda. Él es el cumplimiento vivo de esa palabra profética.
“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido.”
Jesús comienza afirmando la fuente de su autoridad: la unción del Espíritu. No se presenta como sabio humano, ni como líder político, ni como reformador social. Su misión nace de Dios. Santo Tomás afirma que esta unción significa que Cristo posee la plenitud de los dones del Espíritu y que actúa siempre en armonía perfecta con la voluntad del Padre. Lo que Jesús hace, lo hace porque es el Ungido, el Cristo.
Luego describe su misión con verbos de movimiento, de cercanía y de transformación:
— anunciar la Buena Nueva a los pobres,
— proclamar la liberación a los cautivos,
— dar vista a los ciegos,
— poner en libertad a los oprimidos,
— proclamar el año de gracia del Señor.
Cada verbo es una puerta espiritual. Los pobres no son solo los económicamente desfavorecidos, sino aquellos que reconocen su necesidad de Dios. Los cautivos no son solo los encarcelados, sino quienes viven atrapados por el pecado o la desesperanza. Los ciegos son aquellos cuya inteligencia está obscurecida por la mentira o el dolor. Los oprimidos son los que llevan un peso que no pueden sostener.
Santo Tomás explica que Cristo no solo describe realidades exteriores, sino estados interiores del alma humana. La pobreza, la ceguera, la opresión espiritual y la esclavitud del pecado son heridas profundas que requieren una medicina divina. Y Jesús es esa medicina. Él no viene a remediar superficialmente, sino a sanar la raíz del mal.
Jesús cierra el libro, lo devuelve al ministro y se sienta. Este gesto tiene un peso simbólico. Sentarse es la postura del maestro que enseña con autoridad divina. El silencio que sigue es tan importante como la lectura. Los ojos de todos están fijos en Él, cargados de expectativa. La sinagoga entera siente que algo decisivo está a punto de ser dicho.
Entonces Jesús pronuncia la frase que inaugura formalmente su misión:
“Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.”
La palabra “hoy” es esencial. Para Lucas, el “hoy” de Jesús es el tiempo de la salvación. No es un futuro lejano, ni un ideal moral, ni una promesa abstracta. El “hoy” significa que la acción de Dios irrumpe en la historia presente. Cristo es el cumplimiento vivo de la promesa. No viene a explicar solamente las Escrituras: viene a encarnarlas.
Al declarar que la Escritura se cumple en su persona, Jesús se identifica tácitamente con el Siervo de Isaías, con el Ungido esperado. Santo Tomás observa que esta proclamación implica autoridad divina: solo Dios puede decir que la gracia ya está presente en el “hoy” eterno.
La reacción de los presentes es ambigua y reveladora. “Todos daban testimonio de Él y se maravillaban de las palabras llenas de gracia que salían de su boca.” El asombro es auténtico, pero superficial. Admiran el estilo, la belleza, quizá el tono… pero no penetran en el misterio. Se quedan en lo humano, sin comprender lo divino. El mismo Jesús lo notará: Nazaret lo escucha, pero no lo reconoce.
Este pasaje revela que la misión de Cristo comienza con una proclamación de libertad y de gracia. Él es el médico que sana el corazón, el Maestro que ilumina la mente, el Mesías que inaugura el tiempo nuevo. La liberación que anuncia no es política ni económica: es ontológica, espiritual, existencial. Cristo viene a restaurar la dignidad humana desde dentro, trayendo consuelo, luz y esperanza.
También enseña que la salvación no es un evento lejano, sino un “hoy” permanente. En cada escucha, en cada lectura del Evangelio, en cada encuentro con Cristo, la Escritura vuelve a cumplirse. Y, como diría Santo Tomás, la gracia que Cristo trae no solo cura la naturaleza humana, sino que la eleva, permitiéndonos participar de la misma vida divina.
En Nazaret, Jesús proclama la llegada de la gracia.
En cada alma que lo escucha con fe, esa gracia sigue cumpliéndose.
- Memoria de San Juan Bosco, presbítero
- Viernes de la III semana del Tiempo ordinario
- Jueves de la III semana del Tiempo ordinario
- Memoria de Santo Tomás de Aquino, presbítero y doctor de la Iglesia
- Martes de la III semana del Tiempo ordinario
- Memoria de Santos TimoteO y Tito, obispos
abril Adviento Agosto Alquimia Arte Aviones Católica ciencia Corazon de Jesús cuaresma dailyprompt Diciembre Ecuador educación enero Enigmas fantasmas febrero Gatos Historia Illinois izack4x4 Julio junio lecturadeldia leyendas Marzo mayo Meditación misterio mitos Navidad noviembre octubre Opinion ordinario Pascua Personajes pintura Religion SaintCharles Salmos Salud Santoral Santos Segunda Guerra Septiembre Teología USA Virgen María
