Jueves de la I semana del Tiempo ordinario

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15 de enero de 2026

1 Samuel 4, 1-11 Salmo 43, 10-11. 14-15. 24-25 Marcos 1, 40-45

Jueves de la I semana del Tiempo ordinario

Redímenos, Señor, por tu misericordia

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«La mano que toca lo intocable»

El evangelio nos presenta a un leproso que se acerca a Jesús de un modo conmovedor: se arrodilla y dice: «Si quieres, puedes limpiarme». Esta breve súplica encierra una fe extraordinaria, pues reconoce en Jesús poder divino y, al mismo tiempo, se abandona a su voluntad. Santo Tomás de Aquino enseña que la oración perfecta es aquella que une confianza total en el poder de Dios con humildad ante su sabiduría. El leproso pide, pero no exige; espera, pero no manipula: su corazón está alineado con la voluntad divina.

Jesús, «conmovido», extiende la mano, lo toca y le dice: «Quiero: queda limpio». Aquí se revela algo profundo del misterio de la Encarnación: Dios no solo cura desde lejos, sino que entra en contacto con la miseria humana. Según Tomás, en Cristo «la divinidad actúa a través de la humanidad como instrumento perfecto». El toque de Jesús no es un simple gesto humano, sino el instrumento físico por el cual la gracia divina opera. Lo que debería contagiar impureza se transforma, en sus manos, en fuente de pureza.

El gesto de tocar al leproso es teológicamente poderoso. La Ley consideraba impuro al enfermo, pero Jesús invierte la lógica de la impureza: en Él, la pureza no se contamina, sino que contagia santidad. Tomás diría que Cristo no solo sana el cuerpo, sino que ordena el alma al bien; su toque restituye al hombre en su dignidad, tanto física como espiritual.

Una vez curado, Jesús lo envía al sacerdote. La Iglesia ve aquí la afirmación de que la gracia no destruye la ley, sino que la cumple y la perfecciona. El Aquinate insiste en que la obediencia a los medios establecidos por Dios es parte de la humildad cristiana: el milagro no suprime los caminos legítimos, sino que los ilumina.

Pero el hombre no puede contener su alegría y comienza a anunciar lo sucedido. La fama de Jesús se expande, y Él ya no puede entrar abiertamente en los pueblos, quedando en lugares desiertos mientras la gente acude a Él. Esta paradoja —la pureza que se retira a las afueras— refleja lo que Santo Tomás explica sobre la caridad divina: Cristo no busca reconocimiento humano; su misión brota del amor, no de la publicidad. Por eso se retira: porque el Reino no se edifica desde el espectáculo, sino desde la humildad y la verdad.

Este pasaje también revela la dinámica del pecado y la gracia. El pecado, como la lepra, aísla, rompe vínculos, deja a la persona en los márgenes. La gracia de Cristo, en cambio, restaura la comunión. Por eso, cuando Jesús toca, no solo sana, sino que reintegra al hombre a la comunidad. Es un anuncio vivo de la salvación: nadie está tan lejos, tan impuro o tan roto que la mano del Señor no pueda alcanzarlo.

El creyente se ve invitado a hacer la misma oración del leproso:
“Señor, si quieres, puedes limpiarme.”
Y a permitir que Cristo toque aquello que más teme mostrar, lo que más duele o avergüenza. Porque en Él, la herida no contagia impureza: Él contagia vida.

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