Memoria de San Antonio, abad

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17 de enero de 2026

1 Samuel 9, 1-4. 10. 17-19; 10, 1 Salmo 20, 2-3. 4-5. 6-7 Marcos 2, 13-17

Memoria de San Antonio, abad

De tu poder, Señor, se alegra el rey

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«El Médico que se sienta a la mesa»

Jesús sale de nuevo a la orilla del mar. La multitud se acerca, y Él les enseña. En medio de esta escena habitual, ocurre algo que rompe cualquier expectativa: Jesús se fija en Leví, hijo de Alfeo, un cobrador de impuestos sentado en su mesa de recaudación. Un hombre socialmente despreciado, considerado traidor y pecador público. Sin embargo, Jesús se detiene ante él, lo mira y pronuncia un llamado que no se apoya en méritos previos, sino en pura gracia:
«Sígueme».

Santo Tomás de Aquino explica que la gracia divina “no se adapta a la dignidad del hombre, sino que crea la dignidad en él”. Eso ocurre aquí: el llamado de Cristo no responde a lo que Leví es, sino a lo que puede llegar a ser. La mirada de Jesús no se detiene en el pecado, sino en la posibilidad de santidad que la misericordia puede despertar. Y Leví responde con prontitud: “se levantó y lo siguió”. Es un levantarse físico y espiritual: dejar atrás un estilo de vida, ponerse en pie para una vida nueva. Para Tomás, la conversión auténtica es un doble movimiento: la gracia que toca, y la voluntad que consiente.

La escena cambia de lugar y de tono: Jesús está en casa de Leví, sentado a la mesa con muchos publicanos y pecadores. Comer juntos en el mundo bíblico no es un gesto trivial; es un signo de comunión, de cercanía, de aceptación. Aquí aparece un aspecto esencial de la encarnación: Cristo no viene solo a instruir desde lejos, sino a compartir la mesa con quienes están heridos por el pecado. Para la mentalidad farisea, esto era escandaloso; pero para el corazón de Dios, es el camino de la redención.

Los fariseos se escandalizan y preguntan por qué Jesús come con pecadores. La respuesta del Señor es una de las más luminosas del Evangelio:
«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores».

Aquí Jesús se revela como Médico divino, una imagen que Santo Tomás desarrolla con profundidad. Para el Aquinate, Cristo es médico porque:
conoce la enfermedad del alma mejor que nadie;
se acerca con misericordia;
aplica el remedio adecuado (la gracia);
restaura la vida espiritual y la orienta al bien.

La mesa de Leví se convierte, así, en una clínica de gracia. Cristo no aprueba el pecado, pero tampoco rehúye al pecador. Su presencia purifica, transforma, renueva. La medicina divina no actúa aislando al enfermo, sino acercándose a él. Para Tomás, la misericordia es la forma suprema de la justicia divina, porque Dios no niega la verdad sobre el pecado, pero ofrece un camino para salir de él.

La lección para el creyente es profunda: nadie está tan lejos que Cristo no pueda llamarlo; nadie está tan roto que el Médico divino no pueda sanarlo. El seguimiento comienza cuando uno, como Leví, escucha esa voz en medio de la vida ordinaria y se levanta. Y continúa cuando permitimos que Cristo entre a nuestra “casa interior”, a la mesa donde guardamos heridas, hábitos, culpas, para transformarlo todo desde dentro.

El pasaje nos invita también a revisar nuestros propios criterios:
¿miramos a los demás con la severidad de los fariseos o con la misericordia del Maestro?
El que ha sido sanado por Cristo está llamado a reproducir su mirada, su compasión, su capacidad de sentarse junto al que sufre.

El Médico divino sigue pasando, sigue llamando, sigue sanando. Solo hace falta levantarse cuando su voz irrumpe en nuestro corazón.

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