Martes de la semana santa

March 31, 2026

Martes de la semana santa

Isaías 49, 1-6 Salmo 70, 1-2. 3-4a. 5-6ab. 15 y 17 Juan 13, 21-33. 36-38

En ti, Señor, he puesto mi esperanza

#lecturadeldia

El discípulo que traiciona, el discípulo que niega… y el Maestro que ama hasta el final

El pasaje de Juan 13, 21-33 y 36-38 nos sitúa en la Última Cena, en un momento de enorme intensidad espiritual. Jesús ya ha lavado los pies a los discípulos y ahora anuncia dos cosas muy dolorosas: uno lo va a traicionar y otro lo va a negar. Es un texto profundamente humano y profundamente teológico al mismo tiempo, y Santo Tomás de Aquino reflexiona mucho sobre estos momentos porque aquí se revela el corazón de Cristo y el corazón del hombre.

Lo primero que impresiona es que el Evangelio dice que Jesús se turbó interiormente. Esto es muy importante, porque muestra que Cristo no es indiferente, no es frío, no es impasible ante la traición. Siente dolor. Santo Tomás explica que Cristo permitió sentir tristeza y turbación para mostrar la verdad de su naturaleza humana. Cristo sabía lo que iba a pasar, pero eso no significa que no le doliera. Aquí vemos que Dios no es ajeno al sufrimiento humano; en Cristo, Dios ha querido experimentar incluso el dolor de ser traicionado por un amigo.

Luego aparece la figura del discípulo amado, recostado cerca de Jesús, y la escena en la que se identifica al traidor. Es un momento muy íntimo. Judas está allí, muy cerca de Cristo, comparte la mesa con Él, recibe el pan de su mano, y sin embargo ya ha decidido entregarlo. Esto tiene una enseñanza espiritual muy fuerte: se puede estar muy cerca de Cristo exteriormente y muy lejos interiormente. Santo Tomás diría que la cercanía física o externa a las cosas de Dios no garantiza la santidad; lo que importa es la caridad, el amor interior.

Cuando Judas sale, el Evangelio dice algo muy simbólico: era de noche. Los Padres de la Iglesia y Santo Tomás interpretan esta noche no solo como hora del día, sino como símbolo espiritual. Judas sale de la luz para entrar en la oscuridad. Cuando el hombre se aleja de Cristo, entra en la noche interior, en la confusión, en la oscuridad moral.

Después de que Judas se va, Jesús habla de su glorificación. Esto es algo muy profundo teológicamente: habla de gloria justo cuando empieza la traición y la Pasión. Para la mentalidad humana, la gloria es el éxito, el poder, la victoria visible; pero para Cristo, la gloria es la Cruz, porque en la Cruz se manifiesta el amor perfecto y la obediencia perfecta al Padre. Santo Tomás explica que la gloria de Cristo consiste principalmente en su caridad y su obediencia, y eso llega a su máxima expresión en la Pasión.

Luego aparece el diálogo con Pedro. Pedro quiere seguir a Cristo inmediatamente, incluso dice que daría su vida por Él. Pedro ama a Cristo, pero confía demasiado en sus propias fuerzas. Y entonces Jesús le anuncia que lo negará. Aquí Santo Tomás hace una reflexión muy importante sobre la debilidad humana: el hombre puede tener buena voluntad y aun así caer si confía en sí mismo y no en la gracia de Dios.

Pedro no niega a Cristo por maldad como Judas, sino por miedo. Santo Tomás distingue entre pecar por malicia y pecar por debilidad. Judas traiciona por interés y endurecimiento del corazón; Pedro niega por miedo y debilidad, pero luego llora y se arrepiente. Esta diferencia es fundamental en la vida espiritual: Dios puede perdonar cualquier pecado cuando hay arrepentimiento, pero el corazón que se cierra y desespera se aleja de la misericordia.

Este pasaje, en el contexto de la Semana Santa, nos pone delante tres actitudes del hombre frente a Cristo:

  • El discípulo que ama y permanece cerca.
  • El discípulo que traiciona por interés.
  • El discípulo que ama pero es débil y cae por miedo.

Y estas tres actitudes no son solo personajes del Evangelio, sino posibilidades del corazón humano. A veces el hombre es fiel, a veces es débil, a veces traiciona con sus decisiones, con su indiferencia, con su pecado.

La enseñanza espiritual profunda de este texto, según la tradición católica y Santo Tomás, es que Cristo ya sabía quién lo traicionaría, quién lo negaría, quién huiría… y aun así los amó, les lavó los pies y les dio el pan. Es decir, el amor de Cristo no depende de que el hombre sea perfecto; ama incluso sabiendo la debilidad y el pecado del hombre.

Esto es una de las ideas más profundas del Evangelio: Dios no ama porque el hombre sea bueno; el hombre puede llegar a ser bueno porque Dios lo ama. Y en la Última Cena se ve esto con una claridad impresionante: en la misma mesa están el traidor, el que lo negará y el que permanecerá fiel… y Cristo se entrega por todos.

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