Hipólito Lázaro: La voz española que conquistó el mundo
Hipólito Lázaro, nacido en Barcelona el 13 de septiembre de 1887, fue uno de esos artistas que parecían llevar la música en la sangre. Desde joven, su voz poderosa y vibrante lo condujo a escenarios cada vez más importantes, hasta que en 1910 debutó en el Teatro Novedades de su ciudad natal con La favorite. Ese mismo año, su talento cruzó fronteras y lo llevó a Italia, donde interpretó Rigoletto en Ferrara, iniciando una carrera internacional que lo situaría entre los grandes tenores de su tiempo.
Su repertorio era amplio y exigente: desde el drama de Verdi en Aida, Il trovatore y Rigoletto, hasta la elegancia del bel canto en I puritani o Les Huguenots. También sentía un cariño especial por la zarzuela, con títulos como Marina, que llevó a los teatros de España y América Latina. En los grandes coliseos líricos estrenó papeles en obras nuevas, como Parisina de Mascagni, Fedra de Romani o Il piccolo Marat. En 1924, en La Scala de Milán, Umberto Giordano lo eligió para ser la voz masculina de La cena delle beffe, bajo la batuta de Arturo Toscanini.
Durante las décadas siguientes, su carrera se movió entre la ópera y la zarzuela, conquistando públicos en España, Italia, Francia y, de manera muy especial, en Cuba, donde su figura se volvió legendaria. Oficialmente se retiró en 1940, pero su amor por el canto lo llevó a volver una y otra vez a los escenarios. En 1950, en La Habana, ofreció su última función, regalando al público sus interpretaciones de Marina, Aida y Rigoletto.
Ya alejado de la escena, Lázaro quiso dejar algo más que recuerdos. Escribió Mi método de canto (1947), pensado para orientar a jóvenes tenores, y años después su autobiografía, El libro de mi vida (1968), donde narró su trayectoria con la misma pasión con la que interpretaba. Su voz, descrita como amplia, timbrada, vibrante y de brillo metálico, quedó en la memoria de quienes lo escucharon y en las grabaciones que todavía hoy transmiten su arte. Falleció el 14 de mayo de 1974.
Hipólito Lázaro no fue solo un gran tenor; fue un puente entre la ópera italiana, la zarzuela española y el público de ambos lados del Atlántico. Su legado sigue vivo como ejemplo de disciplina, entrega y amor absoluto por el canto.

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