15 de mayo de 2026
Hechos 18, 9-18 Salmo 46, 2-3. 4-5, 6-7 Juan 16, 20-23
Viernes de la VI semana de Pascua
Dios es el rey del universo. Aleluya.
“Vuestra tristeza se convertirá en alegría”
El pasaje de Evangelio según San Juan 16, 20-23 es una de las promesas más consoladoras pronunciadas por Cristo antes de su Pasión. Jesús prepara a sus discípulos para el dolor inminente de la Cruz, pero al mismo tiempo les revela que ese sufrimiento no tendrá la última palabra.
El Señor dice:
“Vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo se alegrará.”
Cristo no oculta la realidad del sufrimiento. La doctrina católica jamás ha prometido una vida exenta de pruebas para el creyente. El discípulo participa también de la Cruz de su Maestro. Mientras el mundo celebra frecuentemente el pecado, el poder o la autosuficiencia, el cristiano muchas veces experimenta contradicción, dolor y combate interior.
Santo Tomás de Aquino explica que la tristeza de los apóstoles nació del amor verdadero que tenían por Cristo. El alma que ama sinceramente a Dios sufre cuando experimenta distancia, oscuridad o pérdida. Pero esa tristeza puede ser santa cuando conduce a una unión más profunda con el Señor.
Jesús continúa:
“Pero vuestra tristeza se convertirá en alegría.”
Aquí aparece el corazón del misterio cristiano: Dios no elimina simplemente el sufrimiento; lo transforma. La Cruz conduce a la Resurrección. La herida abierta por el dolor puede convertirse, por la gracia, en lugar de gloria y santificación.
Santo Tomás reflexiona que la alegría prometida por Cristo no es una emoción superficial ni un entusiasmo pasajero. Es el gozo espiritual que nace de poseer el bien verdadero, que es Dios mismo. Por eso ninguna persecución o sufrimiento temporal puede destruir completamente la alegría del alma unida a Dios.
Luego Jesús utiliza la imagen de la mujer que da a luz:
“La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza… pero cuando nace el niño, ya no se acuerda del sufrimiento.”
Cristo muestra que el dolor puede tener fecundidad espiritual. En la visión cristiana, el sufrimiento ofrecido con amor nunca es inútil. La Pasión de Cristo produjo salvación; del mismo modo, las pruebas del creyente pueden producir paciencia, purificación y crecimiento en la caridad.
Santo Tomás veía en esta comparación una imagen de toda la vida cristiana: el tiempo presente es como un parto doloroso orientado hacia la vida eterna. El sufrimiento terreno no es el destino final del hombre; es camino hacia la gloria.
Jesús añade entonces una promesa inmensa:
“Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón.”
Los apóstoles verán al Señor resucitado, pero estas palabras también apuntan más allá: hacia la comunión eterna con Cristo. Toda alegría verdadera en esta vida es apenas un anticipo de la visión beatífica prometida en el cielo.
La doctrina católica enseña que el fin último del hombre es contemplar a Dios cara a cara. Allí desaparecerán definitivamente el dolor, el pecado y la muerte.
Después Cristo afirma:
“Y nadie os quitará vuestra alegría.”
El mundo puede quitar bienes materiales, salud, prestigio o seguridad humana, pero no puede arrancar la alegría sobrenatural de un alma profundamente unida a Dios. Los mártires cristianos son prueba viva de esta verdad: incluso en medio de persecuciones conservaron una paz inexplicable para el mundo.
Santo Tomás enseña que esta alegría permanece porque su causa es eterna. Todo gozo basado únicamente en cosas temporales termina desapareciendo; el gozo fundado en Dios permanece para siempre.
Finalmente Jesús dice:
“Ese día no me preguntaréis nada.”
Cristo apunta aquí hacia la plenitud de la verdad en la presencia divina. En esta vida el creyente camina entre dudas, oscuridades y preguntas; en la eternidad, la visión de Dios traerá plenitud y descanso al entendimiento humano.
Este Evangelio recuerda que el cristianismo no niega el dolor humano, pero sí proclama algo revolucionario: el sufrimiento unido a Cristo jamás es estéril. La Resurrección transforma el significado de las lágrimas.
La tristeza puede durar una noche; pero para quien permanece unido a Cristo, la alegría eterna ya ha comenzado.
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