24 de mayo de 2026
Hechos 2, 1-11 Salmo 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34 1 Corintios 12, 3b-7. 12-13 Juan 20, 19-23
Domingo de Pentecostés Misa del día
Envía, Señor, tu Espíritu, a renovar la tierra. Aleluya.
“Cristo resucitado no llegó con venganza… llegó con paz, perdón y Espíritu Santo”
En Evangelio según San Juan 20,19-23 contemplamos la primera aparición de Cristo resucitado a sus discípulos reunidos después de la Crucifixión. Las puertas están cerradas por miedo. Los apóstoles no aparecen victoriosos ni valientes, sino paralizados, confundidos y escondidos. Y precisamente allí entra Jesús.
El Evangelio dice: “Se presentó en medio de ellos”. Cristo resucitado atraviesa las puertas cerradas, mostrando que su cuerpo glorioso ya no está sujeto a las limitaciones ordinarias de la materia. Pero Santo Tomás de Aquino explica que el milagro más grande no es atravesar muros físicos, sino atravesar la dureza del corazón humano. Jesús entra donde reinaba el miedo para restaurar la fe.
Y sus primeras palabras son impresionantes: “La paz esté con ustedes”.
No llega reclamando las traiciones.
No humilla a quienes huyeron.
No destruye a Pedro por haberlo negado.
Trae paz.
Para Santo Tomás, esta paz no es solo tranquilidad emocional; es la reconciliación del hombre con Dios lograda por la Cruz. El pecado había roto la amistad con el Creador, y Cristo resucitado viene a restaurarla. Por eso la verdadera paz cristiana no depende de circunstancias externas, sino del alma reconciliada con Dios.
Luego Jesús muestra sus manos y su costado. Las heridas permanecen incluso en el cuerpo glorificado. El Aquinate enseña que Cristo conservó las llagas no por imperfección, sino como trofeos eternos de su amor y prueba perpetua de la Redención. El cielo jamás olvidará el precio de nuestra salvación.
El texto dice entonces: “Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor”. El mundo busca alegría en posesiones, poder o placer; pero el Evangelio muestra que la alegría verdadera nace del encuentro con Cristo vivo. La Resurrección no es una idea simbólica: es el centro real de la fe cristiana. Como dirá después San Pablo, si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe.
Después Jesús repite: “La paz esté con ustedes”, y añade: “Como el Padre me envió, así también los envío yo”. Aquí comienza oficialmente la misión apostólica. Cristo no salva a los discípulos para que permanezcan escondidos; los transforma en enviados. La Iglesia nace misionera.
Entonces ocurre uno de los momentos más profundos del Evangelio: “Sopló sobre ellos y les dijo: ‘Reciban el Espíritu Santo’”.
Este gesto recuerda directamente el Génesis, cuando Dios sopló aliento de vida sobre Adán. Ahora Cristo realiza una nueva creación espiritual. Para Santo Tomás, el Espíritu Santo es el Amor subsistente entre el Padre y el Hijo, y al ser dado a los apóstoles, transforma interiormente al hombre para hacerlo partícipe de la vida divina.
Luego Jesús pronuncia palabras decisivas para la doctrina católica: “A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos”.
Aquí la Iglesia ve claramente el fundamento del sacramento de la confesión. Cristo quiso comunicar su autoridad de perdonar pecados a hombres concretos dentro de su Iglesia. Santo Tomás enseña que solo Dios perdona los pecados como causa principal, pero quiso servirse del ministerio sacerdotal como instrumento visible de su misericordia.
Esto destruye la idea de una fe puramente individualista. Cristo no dejó solamente un libro ni sentimientos espirituales; dejó una Iglesia con autoridad sacramental. El perdón no es una autoabsolución psicológica, sino un don real que brota de la Cruz y se comunica sacramentalmente.
Este pasaje entero muestra cómo actúa Dios frente al pecado y al miedo humano. Cristo no abandona a sus discípulos en su miseria. Entra en medio de ella. Lleva paz donde había terror, misión donde había encierro, Espíritu donde había vacío y perdón donde había culpa.
Y esa misma escena sigue ocurriendo hoy.
Cada vez que un alma vive encerrada por el miedo, la culpa o la desesperanza, Cristo resucitado sigue atravesando puertas cerradas para repetir las mismas palabras:
“La paz esté contigo”.
- Memoria de la Bienaventurada Virgen María Madre de la Iglesia

- Domingo de Pentecostés Misa del día

- Sábado de la VII semana de Pascua – Misa por la mañana

- Viernes de la VII semana de Pascua

- Jueves de la VII semana de Pascua

- Miércoles de la VII semana de Pascua

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