Jueves de la VII semana de Pascua

21 de mayo de 2026

Hechos 22, 30; 23, 6-11 Salmo 15, 1-2a y 5. 7-8. 9-10. 11 Juan 17, 20-26

Jueves de la VII semana de Pascua

Enséñanos, Señor, el camino de la vida. Aleluya

Cristo pidió al Padre que viviéramos unidos… porque un cristiano dividido por dentro jamás podrá vencer al mundo

En Evangelio según San Juan 17,20-26, la oración de Cristo alcanza una profundidad inmensa: ya no ruega solamente por los apóstoles presentes, sino por todos los que creerán en Él a través de la predicación apostólica. Es decir, Jesús ora por la Iglesia de todos los tiempos. Ora por nosotros antes de la Pasión, antes de la Cruz, antes de que naciéramos. Este pasaje revela que la fe cristiana no es un accidente histórico, sino el fruto de una voluntad eterna de amor divino.

Cristo dice: “No ruego solamente por ellos, sino también por los que crean en mí por su palabra”. Aquí aparece la importancia sagrada de la transmisión de la fe. Santo Tomás de Aquino enseña que Dios quiso salvar al mundo mediante causas secundarias: los apóstoles predican, la Iglesia enseña, los sacramentos santifican. La fe viene de escuchar la Palabra transmitida fielmente. Por eso el cristianismo no nace de opiniones privadas ni de emociones subjetivas, sino de una verdad revelada y comunicada por Cristo a su Iglesia.

Entonces Jesús pronuncia una de las frases más solemnes del Evangelio: “Que todos sean uno”. Para Santo Tomás, esta unidad tiene tres dimensiones inseparables: unidad en la fe, unidad en la caridad y unidad en la comunión eclesial. No es una unidad basada en tolerar cualquier idea, sino en compartir la misma verdad divina. La unidad auténtica no elimina la verdad para evitar conflictos; al contrario, nace precisamente de permanecer en la verdad de Dios.

Cristo añade: “Como tú, Padre, en mí y yo en ti”. La unidad de los cristianos tiene como modelo la comunión entre el Padre y el Hijo. Esto supera completamente cualquier proyecto humano. La Iglesia no es solo una institución sociológica; es participación en la vida trinitaria. Santo Tomás contempla aquí el misterio de la gracia santificante: Dios no solamente gobierna al alma desde fuera, sino que habita en ella. El cristiano en estado de gracia lleva dentro de sí una presencia real de Dios.

Luego Jesús declara: “Yo les he dado la gloria que tú me diste”. El Aquinate interpreta esta “gloria” principalmente como la gracia y la filiación divina. Cristo comparte con los suyos aquello que recibió eternamente del Padre según su naturaleza divina y temporalmente según su humanidad. La salvación cristiana no consiste solo en evitar el castigo, sino en participar de la vida divina. Como enseñará después San Atanasio de Alejandría: “Dios se hizo hombre para que el hombre participe de Dios”.

Cuando Cristo insiste nuevamente: “para que sean perfectamente uno”, muestra que la división entre cristianos contradice profundamente el deseo del Señor. Santo Tomás recuerda que las herejías y cismas nacen muchas veces de la soberbia intelectual y de la falta de caridad. Donde el ego domina, la unidad se rompe. Por eso la verdadera reforma de la Iglesia siempre comienza con la santidad, no simplemente con estrategias humanas.

Después aparece una frase conmovedora: “Padre, quiero que donde yo esté, estén también conmigo los que me has dado”. Aquí Cristo manifiesta abiertamente su voluntad salvífica. El cielo no es solamente un lugar de recompensa; es la unión eterna con Cristo. Para Santo Tomás, la felicidad perfecta del hombre consiste en la visión beatífica: contemplar a Dios cara a cara. Todo deseo humano encuentra allí su cumplimiento definitivo. Ningún placer terreno puede llenar completamente el corazón porque el alma fue creada para el infinito.

Jesús continúa: “para que contemplen mi gloria”. La gloria de Cristo no es solo su poder divino, sino el amor eterno que existe entre el Padre y el Hijo desde antes de la creación del mundo. El universo entero nace del amor divino. El hombre existe porque fue pensado y amado eternamente por Dios. Esta verdad destruye la idea de una existencia absurda o accidental.

Finalmente, Cristo concluye diciendo: “Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que me amaste esté en ellos, y yo en ellos”. Aquí se resume toda la vida cristiana: conocer al Padre por medio del Hijo para vivir en el amor divino. Para Santo Tomás, la perfección de la vida espiritual no consiste solo en conocer verdades sobre Dios, sino en ser transformados por la caridad sobrenatural. La meta final del Evangelio no es información religiosa, sino unión con Dios.

Este pasaje muestra que el cristianismo es, en el fondo, una invitación a entrar en la comunión eterna de la Trinidad. Cristo no vino solamente a enseñar moralidad ni a fundar una civilización; vino a hacer hijos de Dios a los hombres caídos. Y por eso la última palabra de esta oración no es miedo, juicio o condena, sino amor: el mismo amor eterno con que el Padre ama al Hijo quiere habitar en el alma humana.

abril Adviento Agosto Alquimia Arte Aviones Católica ciencia Corazon de Jesús cuaresma dailyprompt Diciembre Ecuador educación enero Enigmas fantasmas febrero Gatos Historia Illinois izack4x4 Julio junio lecturadeldia leyendas Marzo mayo Meditación misterio mitos Navidad noviembre octubre Opinion ordinario Pascua Personajes pintura Religion SaintCharles Salmos Salud Santoral Santos Segunda Guerra Septiembre Teología USA Virgen María

Deja un comentario