23 de mayo de 2026
Hechos 28, 16-20. 30-31 Salmo 10, 4. 5 y 7 Juan 21, 20-25
Sábado de la VII semana de Pascua – Misa por la mañana
El Señor verá a los justos con complacencia. Aleluya.
Pedro miró a Juan… pero Cristo le ordenó mirarse a sí mismo”
En Evangelio según San Juan 21,20-25, el Evangelio entra en un momento profundamente humano. Después de anunciar a San Pedro el martirio con el que glorificaría a Dios, Pedro mira hacia atrás y ve al discípulo amado, San Juan Evangelista. Entonces pregunta a Jesús: “Señor, ¿y este qué?”.
La respuesta de Cristo es breve y contundente: “Si quiero que él permanezca hasta que yo vuelva, ¿qué te importa? Tú, sígueme”.
Aquí Jesús toca una de las enfermedades más profundas del corazón humano: compararse constantemente con los demás. Santo Tomás de Aquino enseña que el hombre fácilmente se distrae de su propio camino espiritual cuando vive observando la vida ajena. Pedro acababa de recibir el anuncio de una cruz dolorosa, y de inmediato quiso saber el destino de otro discípulo. Cristo corta esa curiosidad porque cada alma tiene una vocación particular dentro del plan divino.
La vida cristiana no es una competencia entre discípulos. Dios no conduce a todos por el mismo camino. Algunos glorifican a Dios mediante el martirio visible; otros mediante la contemplación silenciosa, la perseverancia escondida o el sufrimiento cotidiano ofrecido con amor. Santo Tomás recuerda que la diversidad de dones en la Iglesia no destruye la unidad; la embellece.
El Evangelio añade entonces que muchos entendieron mal las palabras de Jesús y creyeron que Juan no moriría. Pero Cristo nunca dijo eso. Aquí aparece otra enseñanza importante: incluso dentro de la comunidad creyente pueden surgir interpretaciones erróneas si no se escucha atentamente la verdad completa. La tradición católica siempre insistirá en la necesidad de custodiar fielmente las palabras de Cristo y no convertir rumores o interpretaciones personales en doctrina.
Después el texto dice: “Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y las ha escrito”. La fe cristiana no nace de mitos anónimos ni leyendas inventadas siglos después. El Evangelio se presenta como testimonio apostólico. Juan escribe como testigo ocular. Para Santo Tomás, esto fortalece la credibilidad del Evangelio: quienes anunciaron a Cristo no transmitieron especulaciones filosóficas, sino aquello que vieron y escucharon.
Finalmente llega una frase majestuosa: “Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús; si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero bastaría para contener los libros”.
Esta expresión no es exageración vacía; manifiesta la infinitud del misterio de Cristo. Ningún libro humano puede agotar completamente al Verbo eterno de Dios hecho hombre. Todo el universo resulta pequeño frente a la grandeza de Cristo. Santo Tomás explica que en Jesús habita la plenitud de la sabiduría divina; por eso cada gesto suyo contiene profundidad inagotable.
El Evangelio de Juan termina así dejando una sensación inmensa: hemos conocido verdaderamente a Cristo, pero jamás terminaremos de comprenderlo plenamente en esta vida. El cristianismo no es una ideología cerrada ni un sistema frío de normas; es encuentro con una Persona infinita.
Y en medio de ese misterio, Cristo sigue pronunciando la misma orden que dio a Pedro: “Tú, sígueme”.
No “compárate”.
No “obsesiónate con el camino ajeno”.
No “preguntes por el destino de todos”.
Sígueme.
Porque al final, la salvación no dependerá de cuánto conocíamos la vida de otros, sino de si caminamos realmente detrás de Cristo.
- Memoria de la Bienaventurada Virgen María Madre de la Iglesia

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