Viernes de la VII semana de Pascua

May 22, 2026

Hechos 25, 13-21 Salmo 102, 1-2. 11-12. 19-20ab Juan 21, 15-19

Viernes de la VII semana de Pascua

Bendigamos al Señor, que es el rey del universo. Aleluya.

Cristo no le preguntó a Pedro si era fuerte… le preguntó si lo amaba”

En Evangelio según San Juan 21,15-19 contemplamos uno de los momentos más conmovedores y profundos del Evangelio. Después de la Resurrección, Jesús se encuentra con Pedro junto al mar de Tiberíades. No hay reproches violentos ni humillación pública. Hay una pregunta que atraviesa el alma: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”.

Pedro había negado tres veces al Señor durante la Pasión. Y ahora Cristo le hace tres preguntas. Santo Tomás de Aquino observa que Jesús no actúa así para destruir a Pedro, sino para restaurarlo públicamente. Las tres confesiones de amor reparan las tres negaciones. Dios no solamente perdona; también transforma la herida en misión.

Es significativo que Cristo no pregunte primero: “¿Aprendiste la lección?”, “¿serás más valiente?” o “¿eres digno?”. Pregunta por el amor. Porque en la doctrina católica el fundamento de toda santidad no es el orgullo humano ni la autosuficiencia moral, sino la caridad. Para Santo Tomás, amar a Dios es el acto más alto del alma, porque une al hombre con su fin último.

Jesús incluso pregunta: “¿Me amas más que estos?”. Pedro, que antes había prometido fidelidad absoluta, ya no responde con arrogancia. La caída lo volvió humilde. Ahora dice simplemente: “Señor, tú sabes que te amo”. El Aquinate ve aquí una purificación espiritual: Pedro dejó de confiar en sí mismo para comenzar a confiar verdaderamente en Cristo. Muchas veces Dios permite que el hombre descubra su fragilidad para arrancarle la soberbia escondida.

Después de cada respuesta, Cristo entrega una misión: “Apacienta mis corderos… pastorea mis ovejas”. El amor verdadero a Cristo siempre desemboca en servicio. Nadie puede decir que ama a Dios mientras desprecia el cuidado de las almas. Aquí Cristo confirma a Pedro como pastor visible de la Iglesia. La tradición católica ve en este pasaje una manifestación clara del primado de San Pedro entre los apóstoles.

Santo Tomás explica que Cristo confía sus ovejas precisamente a un hombre que conoció su propia debilidad. El pastor que nunca lloró sus pecados corre el riesgo de convertirse en tirano espiritual. Pedro puede fortalecer a otros porque experimentó personalmente la misericordia divina.

Luego el tono cambia profundamente. Jesús anuncia a Pedro el modo de su muerte: “Cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero cuando envejezcas, otro te llevará adonde no quieras”. El Evangelio indica que Cristo hablaba del martirio con que Pedro glorificaría a Dios. El amor auténtico siempre exige cruz. Para Santo Tomás, la perfección de la caridad se manifiesta cuando el hombre está dispuesto a entregar incluso la vida por Dios.

Y finalmente llega una frase breve, pero inmensa: “Sígueme”.

No es solo una invitación física. Es el resumen entero de la vida cristiana. Seguir a Cristo significa caminar detrás de Él incluso cuando el camino conduce al Calvario. Pedro había querido seguir a Jesús confiando en sus propias fuerzas y cayó. Ahora lo seguirá sostenido por la gracia.

Este pasaje revela una verdad profundamente consoladora: Dios no llama solamente a los perfectos. Llama a hombres heridos, arrepentidos y transformados por el amor. Pedro negó. Pedro lloró. Pedro fue perdonado. Y Pedro terminó dando la vida por Aquel a quien había negado.

El Evangelio muestra así que el fracaso no tiene la última palabra cuando existe arrepentimiento verdadero. La última palabra pertenece a Cristo… y Cristo sigue preguntando al alma humana, generación tras generación: “¿Me amas?”.

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