Lunes de la VII semana de Pascua

18 de mayo de 2026

Hechos 19, 1-8 Salmo 67, 2-3ab. 4-5acd. 6-7ab Juan 16, 29-33

Lunes de la VII semana de Pascua

 Cantemos a Dios un canto de alabanza. Aleluya.

“Yo he vencido al mundo”

El pasaje de Evangelio según San Juan 16, 29-33 recoge las últimas palabras de consuelo de Cristo antes de entrar en su Pasión. Es un texto lleno de realismo y esperanza: Jesús anuncia el sufrimiento inminente, la fragilidad de los discípulos y, al mismo tiempo, la victoria definitiva de Dios.

Los discípulos le dicen:

“Ahora sí hablas claro y no usas comparaciones.”

Ellos sienten que finalmente comprenden a Jesús. Sin embargo, todavía no entienden plenamente lo que ocurrirá en las horas siguientes. Muchas veces el ser humano cree tener una fe firme hasta que llegan la prueba, el miedo o la oscuridad.

Santo Tomás de Aquino comenta que los apóstoles tenían una fe verdadera, pero aún imperfecta y débil antes de la venida plena del Espíritu Santo. La gracia debía fortalecerlos interiormente para sostener el peso de la persecución y del escándalo de la Cruz.

Entonces Jesús responde con una advertencia sorprendente:

“¿Ahora creéis? Pues mirad: viene la hora… en que os dispersaréis.”

Cristo conoce la fragilidad humana. Sabe que los discípulos huirán en el momento de la Pasión. La doctrina católica enseña que incluso quienes aman sinceramente a Dios pueden caer por debilidad o miedo. Pero el Señor no deja de amar a los suyos por sus caídas.

Santo Tomás observa que Cristo anuncia esta dispersión no para humillarlos, sino para prepararlos y conducirlos después a una fe más humilde. El hombre que reconoce su propia debilidad aprende a confiar más en la gracia divina que en sus propias fuerzas.

Jesús añade:

“Me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo.”

Aquí aparece la perfecta unión entre el Padre y el Hijo. Incluso en la hora de la Pasión, cuando humanamente parece abandonado, Cristo permanece unido eternamente al Padre.

Santo Tomás enseña que Cristo quiso experimentar el sufrimiento humano hasta el extremo, pero jamás perdió la unión divina ni la plenitud del amor del Padre. Esto muestra que el sufrimiento no significa necesariamente abandono de Dios.

Luego llega una de las frases más poderosas del Evangelio:

“Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí.”

La paz que Cristo ofrece no depende de circunstancias externas. No es ausencia de problemas, sino firmeza interior nacida de la unión con Dios. El mundo ofrece seguridades frágiles; Cristo ofrece una paz que puede permanecer incluso en medio de la persecución.

La doctrina católica enseña que esta paz brota especialmente de la gracia, de la confianza en la providencia y de la conciencia de que Dios gobierna incluso en medio del dolor.

Jesús continúa:

“En el mundo tendréis tribulación.”

Cristo nunca prometió comodidad mundana a sus discípulos. El camino cristiano incluye combate espiritual, incomprensiones, pruebas y sufrimientos. El Evangelio no engaña al hombre con falsas promesas de éxito fácil.

Santo Tomás explica que las tribulaciones pueden convertirse en medios de purificación. Dios permite pruebas no para destruir al creyente, sino para fortalecer la virtud, purificar el amor y conducir al alma hacia una confianza más profunda.

Finalmente Cristo proclama:

“Pero tened valor: yo he vencido al mundo.”

Estas palabras contienen el corazón de la esperanza cristiana. Cristo ya ha vencido el pecado, la muerte y el poder del mal mediante su Cruz y Resurrección. Aunque el combate continúa en la historia, la victoria definitiva ya pertenece al Señor.

Santo Tomás reflexiona que Cristo vence al mundo no mediante poder político o violencia, sino mediante la verdad, la obediencia al Padre y el amor llevado hasta el sacrificio total.

La victoria de Cristo cambia completamente el sentido de la vida cristiana. El creyente no lucha por una victoria incierta; lucha desde una victoria ya conquistada por el Señor.

Este Evangelio recuerda que las pruebas son reales, la debilidad humana es real y el sufrimiento existe. Pero también proclama algo inmensamente mayor: Cristo permanece vencedor.

Por eso, incluso en medio del miedo, del dolor o de la oscuridad, el cristiano puede seguir adelante con esperanza. Porque el último triunfo no pertenece al mundo, sino a Cristo resucitado.

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