17 de mayo de 2026
Hechos 1, 1-11 Salmo 46, 2-3. 6-7. 8-9 Efesios 1, 17-23 Mateo 28, 16-20
Solemnidad de la Ascensión del SeñorAscension
Entre voces de júbilo, Dios asciende a su trono. Aleluya
“Id y haced discípulos”
El pasaje de Evangelio según San Mateo 28, 16-20 es uno de los textos más solemnes de todo el Evangelio. Aquí Cristo resucitado entrega a los apóstoles la misión universal de la Iglesia. Son las últimas palabras de Jesús en el Evangelio de Mateo, y contienen el mandato que ha sostenido la evangelización cristiana durante siglos.
El relato comienza diciendo que los once discípulos fueron al monte indicado por Jesús. El monte, en la Escritura, suele ser lugar de revelación divina. Allí los apóstoles encuentran al Señor resucitado.
El Evangelio añade algo profundamente humano:
“Al verlo, lo adoraron; aunque algunos dudaban.”
La presencia de la duda momentánea no destruye la fe auténtica. La doctrina católica enseña que la fe no elimina automáticamente toda lucha interior. Incluso quienes aman sinceramente a Dios pueden atravesar incertidumbres, temores o debilidades.
Santo Tomás de Aquino comenta que Cristo permitió estas vacilaciones iniciales para que después el testimonio apostólico sobre la Resurrección fuera aún más creíble. Los apóstoles no fueron hombres ingenuos fácilmente convencibles; fueron testigos transformados por un encuentro real con el Resucitado.
Luego Jesús proclama:
“Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.”
Cristo revela aquí su autoridad universal. La Resurrección manifiesta plenamente su señorío divino. La Iglesia no anuncia simplemente a un maestro moral del pasado, sino al Hijo eterno de Dios glorificado y vencedor de la muerte.
Santo Tomás explica que esta autoridad pertenece a Cristo según su humanidad glorificada. Como Dios, el Hijo posee eternamente el mismo poder del Padre; pero ahora también la naturaleza humana asumida por Cristo participa gloriosamente de ese dominio.
Después viene el gran mandato misionero:
“Id y haced discípulos a todas las naciones.”
La fe cristiana no fue dada para permanecer encerrada. La Iglesia es misionera por naturaleza. El Evangelio está destinado a todos los pueblos, culturas y generaciones.
La doctrina católica enseña que evangelizar no significa imponer por la fuerza, sino anunciar la verdad y ofrecer la salvación que Cristo trae al mundo.
Jesús continúa:
“Bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.”
Aquí aparece claramente revelado el misterio de la Santísima Trinidad. El bautismo cristiano introduce al hombre en la vida misma de Dios.
Santo Tomás veía en esta fórmula bautismal una prueba luminosa de la igualdad divina entre las tres Personas. Cristo no dice “en los nombres”, sino “en el nombre”: un solo Dios en tres Personas divinas.
El bautismo no es solo un símbolo externo. Según la doctrina católica, borra el pecado original, comunica la gracia santificante y hace al hombre hijo adoptivo de Dios y miembro de la Iglesia.
Luego Cristo añade:
“Enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.”
La misión apostólica no consiste únicamente en transmitir información religiosa. El Evangelio transforma toda la vida. La fe auténtica debe expresarse en obediencia, conversión y santidad.
Santo Tomás enseña que el verdadero discípulo no solo escucha las palabras de Cristo, sino que orienta toda su existencia hacia Él.
Finalmente llega una de las promesas más consoladoras del Evangelio:
“Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.”
Cristo asciende al cielo, pero no abandona a su Iglesia. Permanece presente en su Palabra, en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, y en la acción constante del Espíritu Santo.
Santo Tomás reflexiona que esta presencia de Cristo sostiene a la Iglesia en medio de persecuciones, errores, debilidades humanas y pruebas históricas. La permanencia de la Iglesia a través de los siglos no se explica solo humanamente; se sostiene porque Cristo permanece vivo en ella.
Este Evangelio revela que la Iglesia no nació de un proyecto humano, sino del mandato directo del Señor resucitado. Y también recuerda algo esencial para cada creyente: nadie evangeliza solo.
Cristo sigue caminando con su Iglesia. Sigue llamando discípulos. Sigue enviando al mundo. Y sigue sosteniendo, con su presencia invisible pero real, a quienes anuncian su Nombre hasta el fin de los tiempos.
- Memoria de la Bienaventurada Virgen María Madre de la Iglesia

- Domingo de Pentecostés Misa del día

- Sábado de la VII semana de Pascua – Misa por la mañana

- Viernes de la VII semana de Pascua

- Jueves de la VII semana de Pascua

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