Miércoles de la VII semana de Pascua

May 20, 2026

Hechos 20, 28-38 Salmo 67, 29-30. 33-35a. 35bc-36ab Juan 17, 11-19

Miércoles de la VII semana de Pascua

Reyes de la tierra, canten al Señor. Aleluya.

Cristo no pidió que escapáramos del mundo… pidió que sobreviviéramos a él

En el capítulo 17 del Evangelio de Evangelio según San Juan, Cristo entra en la parte más íntima de su oración sacerdotal. Ya no habla a las multitudes, ni discute con fariseos, ni enseña mediante parábolas. Habla al Padre. Y en esa oración se revela el corazón mismo de la misión cristiana: permanecer en el mundo sin pertenecer al mundo.

Cuando Jesús dice: “Padre santo, guárdalos en tu nombre” (Jn 17,11), no pide primero éxito, comodidad o poder para sus discípulos. Pide conservación espiritual. Santo Tomás de Aquino explica en su Comentario al Evangelio de San Juan que el “nombre” de Dios representa la verdad divina y la participación en la vida de Dios. Ser guardados en el nombre del Padre significa permanecer en la fe verdadera y en la caridad. El peligro más grande del hombre no es sufrir, sino separarse de Dios.

Cristo sabe que deja visiblemente el mundo, pero no abandona a los suyos. Por eso añade: “para que sean uno, como nosotros”. Para Santo Tomás, esta unidad no es simplemente organizativa o emocional; es una participación en la unidad divina mediante la gracia. La Iglesia no se une por afinidades humanas, ideologías o intereses temporales, sino por la verdad y la caridad sobrenatural. Cuando la verdad desaparece, la unidad se convierte en simple apariencia.

Luego aparece una frase solemne: “Ninguno se perdió, excepto el hijo de perdición”. Santo Tomás contempla aquí el misterio de la libertad humana. Dios ofrece gracia suficiente, pero el hombre puede rechazarla. Judas convivió con Cristo, escuchó su voz y vio milagros; aun así, eligió el apego desordenado al dinero y a sí mismo. El Aquinate insiste en que la condenación no proviene de una falta de poder divino, sino del uso perverso de la libertad creada. Esta reflexión es profundamente actual: no basta con estar cerca de lo sagrado exteriormente; el corazón debe convertirse verdaderamente.

Cuando Jesús declara: “No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno”, destruye dos errores frecuentes. El primero es pensar que la santidad consiste en huir absolutamente de la realidad humana. El segundo es creer que el cristiano debe mezclarse tanto con el mundo que termine pensando igual que él. Para Santo Tomás, el discípulo vive en medio de las realidades temporales, pero subordinándolas al fin último, que es Dios. El cristiano usa el mundo; no le pertenece.

Cristo repite: “Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo”. El “mundo”, en el lenguaje joánico, no significa la creación material —que es buena—, sino el sistema desordenado que vive de espaldas a Dios: soberbia, concupiscencia y rechazo de la verdad. Santo Tomás relaciona esto con lo que enseña San Agustín de Hipona sobre las dos ciudades: la ciudad terrena fundada en el amor propio hasta el desprecio de Dios, y la ciudad celestial fundada en el amor de Dios hasta el olvido de sí.

Entonces llega el centro del pasaje: “Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad”. Para la doctrina católica, la santidad no es un sentimiento difuso ni una autoafirmación psicológica. Es una consagración a Dios mediante la verdad revelada. Santo Tomás enseña que algo se santifica cuando se aparta para el servicio divino. El alma se santifica cuando abandona el pecado y se ordena completamente hacia Dios. Y esto sucede por medio de la verdad divina, porque el error oscurece la inteligencia y termina corrompiendo la voluntad.

Por eso Cristo une misión y santidad: “Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío al mundo”. El discípulo no es enviado primero a conquistar poder cultural, sino a dar testimonio de la verdad. El apostolado auténtico nace de la unión con Dios. Santo Tomás advierte que nadie puede comunicar lo que no posee: quien no vive interiormente la verdad divina difícilmente podrá transmitirla con fruto.

Finalmente, Jesús dice: “Por ellos me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad”. Cristo, siendo perfectamente santo, no necesita santificarse en sentido moral. Santo Tomás explica que aquí “santificarse” significa ofrecerse como víctima sagrada. Jesús se consagra al sacrificio de la Cruz. De ese sacrificio brota toda santidad cristiana. La Iglesia no nace de una idea filosófica ni de un proyecto humano, sino de la sangre de Cristo ofrecida al Padre.

Este pasaje entero muestra una tensión permanente de la vida cristiana: vivir entre hombres sin perder el alma; amar al mundo sin amar el pecado; buscar la unidad sin abandonar la verdad; anunciar a Cristo sin diluir a Cristo. Para Santo Tomás, la clave está en el orden correcto del amor: cuando Dios ocupa el primer lugar, todo lo demás encuentra su lugar justo.

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