La Luz Mala: Un Mito Gaucho Fascinante

Gauchos y Leyendas: El Misterio de la Luz Mala

La rudeza de los gauchos es característica. Son conocidos en todo el planeta por su franqueza y, a la vez, por su pundonor en lo que realizan. Escuchar o leer historias de gauchos es apasionante. Pero, al margen de sus famosas historias fantásticas del tipo de Martín Fierro o de Don Segundo Sombra, también recordamos a los gauchos traicionados y perseguidos. Los gauchos, personajes nómadas del norte de Argentina, de Uruguay y del sur de Brasil, forman parte del folclore latinoamericano, enriqueciendo la gran cultura hispana. Al día de hoy, los gauchos se han convertido en campesinos de hacienda, dejando en el lejano tiempo al rudo nómada amante de la libertad.

De esas largas noches solitarias en las grandes pampas surgieron leyendas. Que contadas por sus herederos gauchos con pasión y amor se vuelven una delicia escucharlas. Hay una en particular, quizá la mejor. La escojo porque se relaciona con otras leyendas de todo el planeta.

A pesar de su mucha fortaleza y su excelsa capacidad para domar caballos, o de enfrentarse a un enemigo que los ataca, los gauchos caen ante las leyendas de su tierra como niños pequeños. El poder de un mito con la amenaza de un daño irreparable los vence. Y no sólo a ellos, sino a cualquiera.

la luz mala gaucha

Prácticamente la totalidad de los gauchos cuenta esta historia de la «luz mala». Sus rostros cansados se conmovían ante el hecho de una nube de almas rondando la pampa y buscando el calor de un cuerpo vivo. Se les helaban los huesos y se refugiaban en lo que desde pequeños habían aprendido: su rosario, porque esto es algo que no se sabe de los antiguos gauchos, su devoción sincera al ritual católico. En el rezo del rosario ponían sus miedos, y sus noches frías eran más soportables al paso de las almas en pena, que no lograron obtener los auxilios de la Santa Iglesia y que no recibieron la sagrada sepultura como lo ordena Dios, y que vagaban buscando poder descansar en la paz del Señor, o, quizás, huyendo del príncipe de la mentira, Satanás.

Cuentan que en la noche del 24 de agosto, día de san Bartolomé, era la noche más propicia para ver la «luz mala», porque esa noche deambulaba libre el espíritu del mal, Lucifer. Aprovechaban estos espíritus errantes de la época seca para rondar los cerros y atemorizar a quien, incauto, se cruzase por su camino.

La única manera de enfrentarse era morder un afilado cuchillo y seguir rezando el rosario. Solo el brillo del cuchillo lograba espantar a las almas en pena,

La leyenda se complementa con otras de los mismos gauchos. Si la «luz mala» era blanca, había que cavar en el lugar en donde se posaba, porque de seguro había un magnífico tesoro allí escondido, pero si era roja, había que alejarse y seguir con el rosario, porque era Satanás el que se paseaba por allí.

Actualmente, quienes escuchan estas historias dicen que se trata del fuego fatuo, gases que despiden restos orgánicos sin enterrar o enterrados a poca profundidad, o simplemente el reflejo de la luna sobre la multitud de huesos de reses que existen por ahí.

Sea como sea, «el farol de Mandinga», como también es conocida la leyenda, es una de las más famosas del sur del continente americano y enriquece los mitos existentes en todo el mundo.

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