1 de marzo
Eclesiástico 17:10-15 Salmos 103:13-18 Marcos 10:13-16
Dejen a los niños que vengan a Mí
“Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Marcos 10:15).
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Marcos 10:13-16 nos presenta una escena tierna y profundamente reveladora del corazón de Jesús y de los valores del Reino de Dios, que la doctrina católica ha meditado y enseñado a lo largo de los siglos. En este pasaje, vemos cómo traen a Jesús a unos niños para que los toque, pero los discípulos, quizás con una intención de protegerlo o de priorizar lo que consideraban más «importante», los reprenden. Sin embargo, Jesús no solo rechaza esta actitud, sino que se indigna y corrige a sus seguidores con palabras que resuenan como un eco eterno: «Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque de los que son como ellos es el Reino de Dios».
Este pasaje es una invitación a contemplar la humildad, la sencillez y la confianza absoluta como virtudes esenciales para entrar en la comunión con Dios. Los niños, en su inocencia y dependencia, encarnan una disposición que el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC 526) subraya: para hacerse pequeños como Cristo, debemos despojarnos del orgullo y la autosuficiencia. Jesús, al poner a un niño en el centro y abrazarlo, no solo dignifica la vida de los más pequeños, sino que establece un modelo para todos los creyentes. Es un recordatorio de que el Reino no se conquista con poder o sabiduría mundana, sino que se recibe como un don, con un corazón abierto y vulnerable.
Además, la Iglesia ve en este texto una afirmación de la dignidad intrínseca de los niños y de su lugar en la comunidad de fe. Desde los primeros siglos, la tradición católica ha defendido el bautismo de los infantes, interpretando pasajes como este como una señal de que Cristo acoge a los niños en su Reino incluso antes de que puedan comprenderlo plenamente (CIC 1250). Los Padres de la Iglesia, como San Agustín, han reflexionado sobre cómo la gracia de Dios opera en los pequeños, haciéndolos partícipes de la salvación no por sus méritos, sino por el amor gratuito de Dios.
Por otro lado, la indignación de Jesús ante la actitud de los discípulos también interpela a la Iglesia y a cada cristiano. ¿No estamos a veces tentados a alejar a los «pequeños» —ya sean niños, pobres o marginados— por considerarlos inconvenientes o secundarios en nuestra misión? El magisterio, siguiendo esta enseñanza, nos exhorta a priorizar a los más débiles, a ser guardianes de su acceso a Cristo. Como dice el Concilio Vaticano II en Gaudium et Spes (n. 24), el amor preferencial por los humildes es un reflejo del amor mismo de Dios.
Finalmente, cuando Jesús afirma que «el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él», nos llama a una conversión constante. En la espiritualidad católica, esto se traduce en un abandono confiado a la providencia divina, como lo enseñan santos como Santa Teresa de Lisieux con su «pequeña vía». Así, Marcos 10:13-16 no es solo un relato, sino un desafío vivo: imitar la sencillez de los niños para ser dignos del abrazo de Cristo, que en este pasaje se nos muestra como el Pastor amoroso que nunca rechaza a quien se acerca con un corazón puro.
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