23 de junio
Génesis 12:1-9 Salmos 33:12-13, 18-20, 22 Mateo 7:1-5
Primero tu Ojo
“Yo daré esta tierra a tu descendencia… Entonces Abrám siguió avanzando por etapas…” (Génesis 12:7, 9).
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Reflexión sobre Mateo 7:1-5 con doctrina católica y Santo Tomás de Aquino
El pasaje de Mateo 7:1-5, parte del Sermón de la Montaña, nos presenta una enseñanza de Jesús que resuena con una claridad perenne: «No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá». Estas palabras, cargadas de sabiduría divina, nos invitan a una profunda introspección sobre nuestra relación con los demás y con Dios, exhortándonos a la humildad, la caridad y la rectitud de intención. A la luz de la doctrina católica y las reflexiones de Santo Tomás de Aquino, este pasaje se revela como un llamado a purificar el corazón para vivir en conformidad con la verdad y la justicia divina.
Jesús comienza con una advertencia clara: «No juzguéis». Este mandato no implica una prohibición absoluta de emitir juicios, pues, como enseña la doctrina católica, el discernimiento es necesario para distinguir entre el bien y el mal, para corregir fraternalmente y para ordenar nuestras acciones hacia Dios (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1806). Sin embargo, Jesús condena el juicio temerario, aquel que nace de la arrogancia, la hipocresía o la falta de caridad. Santo Tomás de Aquino, en su Summa Theologiae (II-II, q. 60, a. 2), explica que juzgar pertenece propiamente a Dios, quien conoce los corazones, pero los hombres pueden juzgar en asuntos externos con rectitud, siempre que lo hagan con humildad y caridad, evitando la presunción de conocer las intenciones últimas de los demás. El Doctor Angélico subraya que el juicio humano debe estar ordenado por la prudencia, virtud cardinal que nos permite actuar rectamente en cada circunstancia.
El pasaje prosigue con una imagen poderosa: «¿Por qué miras la mota en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo?» (Mt 7:3). Esta metáfora ilustra la hipocresía que Jesús reprueba: la facilidad con que señalamos los defectos ajenos mientras ignoramos los propios, que suelen ser más graves. Desde la perspectiva católica, esta enseñanza nos remite al examen de conciencia, un ejercicio espiritual esencial para reconocer nuestras faltas y acudir al sacramento de la reconciliación. Santo Tomás, al tratar sobre la caridad (ST II-II, q. 23, a. 1), nos recuerda que el amor a Dios y al prójimo es el fundamento de la vida cristiana. Juzgar al hermano sin caridad es una ruptura de este amor, pues nos erigimos en jueces absolutos, usurpando un papel que solo pertenece a Dios. Además, la «viga» en nuestro ojo simboliza el pecado, que oscurece nuestra visión espiritual e impide que veamos con claridad la verdad sobre nosotros mismos y los demás.
La exhortación de Jesús a «sacar primero la viga de tu ojo» (Mt 7:5) es un llamado a la conversión personal. En la tradición católica, la conversión es un proceso continuo de purificación del corazón, que nos permite acercarnos a Dios y a los demás con una mirada limpia y misericordiosa. Santo Tomás, en su comentario sobre el Evangelio de Mateo, destaca que la corrección fraterna, cuando es necesaria, debe realizarse con humildad y caridad, y solo después de haber examinado nuestra propia conciencia. En este sentido, la enseñanza de Jesús no solo nos llama a evitar el juicio temerario, sino también a cultivar las virtudes teologales y morales que nos configuran a la imagen de Cristo.
El pasaje concluye con una promesa implícita: al purificar nuestro corazón y abstenernos de juzgar con hipocresía, nos abrimos a la gracia de Dios, que nos juzgará con la misma misericordia que hemos mostrado a los demás. Santo Tomás, en su tratado sobre la justicia (ST II-II, q. 58), enseña que la justicia divina es siempre templada por la misericordia, y que nuestra disposición a perdonar y a corregir con amor nos asemeja al corazón de Cristo. Así, Mateo 7:1-5 no es solo una advertencia, sino una invitación a vivir en la verdad, la humildad y la caridad, virtudes que nos preparan para el encuentro definitivo con Dios.
En conclusión, este pasaje evangélico, iluminado por la doctrina católica y las reflexiones de Santo Tomás de Aquino, nos desafía a mirar primero nuestro interior, a purificar nuestra mirada mediante la conversión y la gracia, y a relacionarnos con los demás desde la caridad y la humildad. Solo así podremos ver con claridad, no solo para corregir fraternalmente, sino para reflejar en nuestra vida la misericordia y la justicia de Dios. Que María, Madre de la Misericordia, nos guíe en este camino de conversión y nos ayude a vivir conforme a la verdad que Cristo nos enseña.
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