Marzo 15, 2026
1 Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13a Salmo 22, 1-3a, 3b-4. 5. 6 Juan 9, 1-41
IV Domingo de Cuaresma
Lecturas para Año A
El Señor es mi pastor, nada me faltará
#lecturadeldia
La Luz que Abre los Ojos
En este pasaje del Evangelio según san Juan, el Señor encuentra a un hombre ciego de nacimiento. Los discípulos preguntan si su ceguera es consecuencia de algún pecado, pero Jesús corrige esa visión simplista. La enfermedad no se presenta como castigo, sino como ocasión para que se manifiesten las obras de Dios.
Cristo declara entonces una afirmación central de todo el Evangelio: “Yo soy la luz del mundo”. El milagro que sigue no es sólo un acto de curación física; es un signo que revela su identidad. El barro puesto sobre los ojos y el envío al estanque de Siloé introducen un proceso que culmina en la recuperación de la vista. La curación se convierte en símbolo del paso de la oscuridad a la luz.
La reacción de quienes rodean al hombre muestra distintas actitudes frente a la verdad. Algunos se maravillan, otros dudan, y los fariseos intentan desacreditar el milagro porque ocurrió en sábado. El relato desarrolla así un contraste profundo: el que era físicamente ciego comienza a ver con claridad quién es Jesús, mientras que quienes creen ver permanecen en ceguera espiritual.
Según enseña Tomás de Aquino, los milagros de Cristo poseen una dimensión sacramental: no sólo manifiestan poder divino, sino que iluminan verdades espirituales. La apertura de los ojos del ciego simboliza la iluminación interior que la gracia produce en el alma.
El itinerario del hombre curado es también un camino de fe. Primero reconoce a Jesús como hombre, luego como profeta, y finalmente se postra ante Él como Señor. La fe crece a través de la experiencia de la gracia recibida.
El pasaje concluye con una paradoja solemne: Cristo ha venido para que los que no ven vean, y para que los que creen ver se vuelvan ciegos. La luz divina revela la verdad del corazón humano. Quien reconoce su necesidad recibe la iluminación; quien se aferra a su autosuficiencia permanece en la oscuridad.
Este relato muestra que la verdadera ceguera no es física, sino espiritual. La luz de Cristo no sólo cura, sino que transforma la manera de ver la realidad. Allí donde el hombre acepta ser guiado por esa luz, comienza el camino hacia la plenitud de la fe.
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