Viernes de la IV semana de Cuaresma

20 de marzo de 2026

Sabiduría 2, 1. 12-22 Salmo 33, 17-18. 19-10. 21 y 23 Juan 7, 1-2. 10. 25-30

Viernes de la IV semana de Cuaresma

El Señor no está lejos de sus fieles

#lecturadeldia

La Hora que Nadie Puede Adelantar

En este pasaje del Evangelio según san Juan, el Señor aparece en Jerusalén durante la fiesta de los Tabernáculos. El ambiente está cargado de tensión. Jesús ya no se mueve libremente en Judea porque algunos buscan matarlo. Sin embargo, sube a la fiesta de manera discreta y luego enseña públicamente en el templo. La escena revela el contraste entre la amenaza humana y la serenidad con la que Cristo cumple su misión.

Los habitantes de Jerusalén se preguntan cómo puede hablar abiertamente si las autoridades desean eliminarlo. Algunos comienzan a sospechar que realmente podría ser el Mesías, mientras otros se aferran a una comprensión superficial de su origen. El Evangelio muestra que la dificultad para reconocer a Cristo no nace de falta de información, sino de una comprensión limitada del misterio de su persona.

Jesús responde afirmando que su origen verdadero no puede reducirse a lo que los hombres creen conocer. Él ha sido enviado por el Padre, y sólo quien conoce al Padre puede comprender plenamente su identidad. Según enseña Tomás de Aquino, la misión del Hijo consiste en revelar al Padre y conducir al hombre hacia la comunión con Él. El conocimiento de Cristo no es meramente histórico; requiere apertura a la gracia.

El texto señala que algunos intentaron arrestarlo, pero nadie pudo ponerle las manos encima porque aún no había llegado su hora. Esta expresión es fundamental en el Evangelio de Juan. La historia no avanza por la fuerza de las decisiones humanas, sino dentro del tiempo providencial de Dios. La pasión de Cristo no será un accidente ni una derrota, sino el cumplimiento exacto del plan divino.

Este pasaje revela que la misión de Jesús se desarrolla bajo una autoridad que trasciende las circunstancias. Las amenazas humanas no pueden anticipar ni impedir el momento establecido por Dios. La verdadera cuestión no es cuándo llegará su hora, sino si el corazón humano está dispuesto a reconocer al enviado del Padre cuando se manifiesta.

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