V Domingo de CuaresmaLecturas para Año A

22 de marzo de 2026

Ezequiel 37, 12-14 Salmo 129, 1-2. 3-4ab. 4c-6. 7-8 Romanos 8, 8-11 Juan 11, 1-45

V Domingo de Cuaresma
Lecturas para Año A

Perdónanos, Señor, y viviremos

#lecturadeldia

El día que la Muerte escuchó su Nombre… y obedeció

El pasaje de Juan 11, 1-45 —la resurrección de Lázaro— es uno de los momentos más densos en revelación teológica dentro del Evangelio. No es simplemente un milagro: es una manifestación progresiva del misterio de Cristo como Señor de la vida y de la muerte, y un anticipo sacramental de la resurrección final.

Desde el inicio, el texto nos sitúa en una tensión aparente: “Señor, el que amas está enfermo”. Sin embargo, Cristo no acude inmediatamente. Aquí emerge una clave profundamente tomista: Dios permite el mal no por impotencia, sino por orden a un bien mayor. Santo Tomás de Aquino afirma que la providencia divina no elimina el sufrimiento, sino que lo integra en el plan de salvación (cf. Summa Theologiae, I, q. 22). La enfermedad de Lázaro no es un fracaso del amor divino, sino materia para la manifestación de la gloria de Dios.

Cristo declara: “Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios”. Santo Tomás comenta que el fin último de toda obra divina es la manifestación de su bondad. La muerte de Lázaro, permitida por Cristo, se convierte en ocasión de revelación: no sólo de su poder, sino de su identidad. Por eso, el retraso de Jesús no es negligencia, sino pedagogía divina. Dios educa la fe llevando al hombre más allá de lo inmediato.

Cuando Jesús llega, encuentra a Marta, quien pronuncia una de las profesiones de fe más altas del Evangelio: “Yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”. Aquí la fe no es mera aceptación intelectual, sino adhesión personal. Tomás de Aquino enseña que la fe es un acto del entendimiento movido por la voluntad bajo la gracia (STh, II-II, q. 2). Marta cree, pero su fe aún está en proceso de purificación: cree en la resurrección futura, pero aún no comprende que la Vida misma está presente ante ella.

Entonces Cristo pronuncia una de las afirmaciones más radicales: “Yo soy la resurrección y la vida”. No dice “yo doy” la resurrección, sino “yo soy”. En clave tomista, Cristo no participa de la vida: es la Vida por esencia, porque es Dios. Aquí se revela la unión hipostática: en su humanidad, llora; en su divinidad, llama a los muertos a la vida.

El versículo “Jesús lloró” es teológicamente inmenso. Santo Tomás subraya que Cristo asume verdaderamente las pasiones humanas, pero ordenadas perfectamente por la razón. No llora por impotencia, sino por compasión. Su llanto manifiesta que Dios no es indiferente al sufrimiento humano. La encarnación no elimina el dolor, pero lo redime desde dentro.

Al llegar al sepulcro, Cristo manda quitar la piedra. Este gesto tiene una dimensión simbólica: Dios obra milagros, pero no sin la cooperación humana. Tomás insiste en que la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona (gratia non tollit naturam, sed perficit). Quitar la piedra es un acto humano que prepara la acción divina.

El clamor de Cristo —“¡Lázaro, sal fuera!”— no es una súplica, sino una orden. Aquí se manifiesta su autoridad divina: la muerte no es un poder autónomo frente a Dios. Para Santo Tomás, el alma es forma del cuerpo, y la resurrección implica la restauración de esta unidad por el poder divino. Cristo, como Verbo, tiene dominio sobre la vida porque es su causa primera.

Lázaro sale, aún atado con vendas. Este detalle es profundamente espiritual: la vida nueva ha comenzado, pero aún hay ataduras que deben ser desatadas. Cristo dice: “Desatadlo y dejadlo andar”. En la interpretación tradicional, esto alude al papel de la comunidad y de los ministros en la vida del creyente: Dios da la vida, pero la Iglesia acompaña en el proceso de liberación del pecado.

Finalmente, muchos creen al ver el signo. Pero es importante notar: el milagro no fuerza la fe, la propone. Para Tomás, la fe no es producto de evidencia coercitiva, sino de la gracia que mueve libremente el corazón.

En síntesis, este pasaje revela que Cristo no viene sólo a consolar ante la muerte, sino a vencerla. La resurrección de Lázaro no elimina el drama humano, pero lo reconfigura: la muerte deja de ser un final absoluto y se convierte en un umbral. En Cristo, la vida no es simplemente prolongada, sino transformada.

Y aquí está la clave última: Lázaro vuelve a esta vida para morir de nuevo; Cristo resucitará para no morir jamás. Por eso, este signo no es el cumplimiento, sino la promesa. La verdadera resurrección no es la reanimación del cuerpo, sino la participación en la vida eterna de Dios.

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