Martes de la V semana de Cuaresma

24 de marzo de 2026

Números 21, 4-9 Salmo 101, 2-3. 16-18. 19-21 Juan 8, 21-30

Martes de la V semana de Cuaresma

Señor, escucha mi plegaria

#lecturadeldia

Morir en tu pecado… o reconocer quién está delante de ti

El pasaje de Juan 8, 21-30 se mueve en un registro más severo que los anteriores: ya no es la misericordia visible en un gesto, sino la advertencia directa sobre el destino último del hombre. Cristo habla aquí con lenguaje escatológico, es decir, referido al fin: “Si no creéis que Yo soy, moriréis en vuestros pecados”. No es una amenaza retórica, sino una afirmación ontológica.

Desde la perspectiva de la doctrina católica, el pecado no es solo un acto aislado, sino un estado de separación respecto de Dios. Santo Tomás de Aquino lo define como una privación del orden debido al fin último (STh, I-II, q. 71). Y ese fin último no es otro que Dios mismo. Por eso, morir en el pecado no significa simplemente haber cometido faltas, sino permanecer voluntariamente separado de Aquel que es la Vida.

Cristo introduce una distinción radical: “Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo”. Aquí no se trata de una oposición geográfica, sino metafísica. “De abajo” indica el orden de la naturaleza caída; “de arriba”, el orden de la vida divina. Para Tomás, Cristo, en cuanto Verbo encarnado, pertenece a ambos órdenes: según su humanidad, participa de nuestra condición; según su divinidad, es principio trascendente. Esta doble pertenencia es lo que lo constituye como mediador.

El núcleo del pasaje está en la expresión: “Si no creéis que Yo soy”. No dice simplemente “que yo soy el Mesías”, sino “Yo soy” (ego eimi), una clara alusión al nombre divino revelado en Éxodo 3,14. Aquí Cristo no solo enseña: se revela. Para Santo Tomás, la fe tiene como objeto principal no proposiciones aisladas, sino la verdad primera, que es Dios mismo (STh, II-II, q. 1). Creer en Cristo es, por tanto, adherirse a su identidad divina.

Los interlocutores preguntan: “¿Quién eres tú?”. Y Cristo responde de manera enigmática: “Lo que desde el principio os estoy diciendo”. Hay aquí una pedagogía divina: Dios no se impone con evidencia abrumadora, sino que se revela progresivamente, respetando la libertad humana. La incredulidad no es falta de pruebas, sino resistencia interior. Tomás señala que la fe requiere la moción de la gracia, pero también el consentimiento libre del hombre.

Luego, Cristo introduce un elemento decisivo: “Cuando levantéis al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo soy”. La “elevación” alude a la cruz. Es en la aparente derrota donde se manifiesta plenamente quién es Cristo. Para la lógica humana, la cruz es escándalo; para la teología, es revelación. Santo Tomás explica que la Pasión de Cristo es la causa de nuestra salvación en cuanto acto supremo de obediencia y amor (STh, III, q. 48). En la cruz, la verdad de Dios se muestra no como poder dominador, sino como don total.

Hay aquí una paradoja central: el conocimiento pleno de Cristo no viene antes de la cruz, sino a través de ella. Es decir, no se llega a Dios por la sola razón natural, sino por la aceptación del misterio pascual. La fe cristiana no es solo iluminación intelectual, sino participación en un acontecimiento.

Cristo añade: “Yo no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me enseñó”. Esta afirmación revela la perfecta comunión entre el Hijo y el Padre. En términos tomistas, las operaciones de Cristo manifiestan su relación eterna con el Padre: no hay autonomía en el sentido de separación, sino unidad de esencia y de voluntad. Cristo no es un profeta más; es el Hijo que actúa en perfecta obediencia filial.

Finalmente, el texto concluye: “Muchos creyeron en Él”. Es significativo: incluso en medio de palabras duras, la fe surge. Esto confirma una intuición de Santo Tomás: la verdad, cuando es presentada con autoridad divina, tiene una fuerza intrínseca que mueve el entendimiento. Pero esa fe no es automática; implica una conversión interior.

En síntesis, este pasaje confronta al hombre con una decisión radical: reconocer a Cristo como quien es —el “Yo soy”, Dios mismo hecho carne— o permanecer en el estado de pecado, es decir, de separación. No hay neutralidad posible. La fe no es un añadido opcional a la vida moral; es la condición para salir del pecado en su raíz más profunda.

Y aquí está la gravedad y la belleza del texto: Cristo no solo advierte sobre la muerte en el pecado; ofrece, implícitamente, la única salida. Creer en Él no es aceptar una idea, sino entrar en comunión con la Vida misma. Porque, en última instancia, el problema del pecado no es jurídico, sino ontológico: es estar separado del Ser. Y Cristo viene precisamente a decir: “Yo soy”.

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