La Voz del Padre: Escucha a mi Hijo en la Cuaresma

16 de marzo 

2do domingo de Cuaresma

Génesis 15:5-12, 17-18 Filipenses 3:17─4:1 Salmos 27:1, 7-9, 13-14 Lucas 9:28-36

Este es mi Hijo

“… hay muchos que se portan como enemigos de la cruz de Cristo” (Filipenses 3:18).

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San Lucas 9:28-36 nos presenta el relato de la Transfiguración de Jesús, un momento sublime que revela la gloria divina de Cristo y su identidad como Hijo de Dios, confirmando su misión redentora. Este pasaje narra cómo Jesús, acompañado de Pedro, Santiago y Juan, sube a un monte a orar. Allí, su rostro se transforma, sus vestiduras se vuelven de una blancura resplandeciente y aparecen Moisés y Elías, representantes de la Ley y los Profetas, conversando con Él sobre su «éxodo», es decir, su pasión, muerte y resurrección en Jerusalén. Una nube los envuelve, y la voz del Padre proclama: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escúchenlo».

La Transfiguración es un anticipo de la gloria de la Resurrección y una afirmación de la divinidad de Jesús, que no anula su humanidad, sino que la exalta. San Agustín, por ejemplo, veía en este evento una manifestación de la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en la carne transfigurada y el Espíritu en la nube luminosa. Es un momento pedagógico para los discípulos, que, aún confundidos, reciben un atisbo de la meta final de la fe: la unión con Dios en su gloria.

La presencia de Moisés y Elías subraya la continuidad del plan salvífico de Dios. La Ley y los Profetas encuentran su cumplimiento en Cristo, quien es el mediador definitivo entre Dios y la humanidad. La exhortación del Padre a «escúchenlo» resuena como un mandato central para los fieles católicos: la obediencia a la palabra de Jesús es el camino hacia la salvación. El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 554-556) destaca que este episodio fortalece a los apóstoles para enfrentar el escándalo de la Cruz, mostrándoles que el sufrimiento de Cristo no es el fin, sino el medio para la glorificación.

Pedro, en su entusiasmo, propone hacer tres tiendas, reflejando un deseo humano de aferrarse a la experiencia mística. Sin embargo, la respuesta divina lo corrige: la gloria de Jesús no se limita a un instante terrenal, sino que apunta a la eternidad. Para el creyente, la Transfiguración invita a la contemplación y a la transformación interior. Como dice San Pablo (2 Cor 3:18), somos llamados a ser «transformados de gloria en gloria» mediante la gracia, participando en la vida divina que Jesús revela en el monte.

En conclusión, san Lucas 9:28-36 es una teofanía que nos llama a reconocer a Cristo como el Hijo amado, a escuchar su Evangelio y a vivir orientados hacia la esperanza de la resurrección, confiando en que, a través de la cruz, llegaremos a la luz de su gloria eterna.

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